LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO Y LA DESTRUCCIÓN DEL SENTIDO COMÚN

Uno de los fenómenos más singulares que están sucediendo en la expansión de la sociedad del conocimiento, es la destrucción del sentido común. Una destrucción que tiene varias modalidades y varias estrategias, pero que finalizan en un mismo resultado: si la modernidad comienza con el reconocimiento cartesiano del sentido común, hoy asistimos a su paulatina desaparición como valor individual y social.

Arriesgamos una definición de inicio: sentido común es ese acuerdo espontáneo sobre lo que una mayoría considera acertado o beneficioso. Hoy podemos asistir en los diferentes debates políticos, económicos, sociales y culturales, a un hecho desconcertante: no hay acuerdo sobre lo que una mayoría piensa. No se trata solamente de un conflicto de intereses e ideas, este conficto es consustancial al hecho democrático. Es sintomático de nuestro presente: esa espontaneidad y esa mayoría que asiente sobre un tema, nos resulta problemática y, en el límite, imposible de identificar.

¿Por qué no podemos acudir a esa fuente social de acuerdo y cohesión social? Hay varios factores que nos pueden esclarecer la respuesta. Hoy queremos analizar dos de ellas. La complejidad cognitiva, emocional y social en que nos desenvolvemos nos obliga continuamente a una reflexividad interdisciplinar. Dicho de otro modo: no es una elección, es una necesidad metodológica. Somos una época que sospecha de las fronteras y disciplinas: la red es nuestra metáfora y la sociedad como red de redes, nos acerca una imagen de lo que somos y hacemos. Por ahí pueden venir las respuestas.

Primera hipótesis: la incertidumbre estructural de nuestra realidad, vuelve inviable el reconocimiento que inicio la época moderna. El sentido común implica unos supuestos que nuestro presente ya no posee: una verdad y una linealidad que se han vuelto imposibles de hallar en cualquier ámbito de debate. De ahí que se difícil que una mayoría encuentre evidente cualquier afirmación. No existe como evidencia, y para lograrla no se hará con la pura espontaneidad que amaba Descartes en la razón humana.

Segunda hipótesis: la geografía social, cognitiva y emocional de nuestro mundo es la red. Toda red se conforma en una multiplicidad de nodos que la hacen posible. Toda red se entrelaza con otras redes en su morfología y conexión. La consecuencia es que esa distribución y producción de la información, es incompatible con la espontaneidad individual que la modernidad definió como sentido común. Amamos las redes porque el mundo ya no tiene certezas.

Ahora podremos comprender el debate educativo en su contexto social. Si seguimos apelando al sentido común, la pregunta que alguien nos hará inmediatamente es: ¿qué sentido común? Una pregunta que sería inconcebible en el pasado. La educación es la matriz más compleja que existe socialmente: actores, procesos y estructuras diferentes se relacionan en un proceso de bucle constante. Nuestra defensa del realismo es una respuesta a esta nueva dimensión de la educación del s.XXI.

Un realismo complejo y matizado, interdisciplinar, que dialoga y tiende puentes frente a los reduccionismos que simplifican la pasión educativa. Lyotard definía la postmodernidad como el final de los grandes relatos. Ulrich Beck analizó las causas y consecuencias de vivir en una sociedad del riesgo. Castells profundizó en la estructura de la sociedad-red, esa sociedad del conocimiento que compartimos. Influencias que alimentan explícitamente esta sospecha: el sentido común no volverá como lo conoció la época moderna. Consecuencia: los nuevos consensos deben construirse con nuevas estrategias. En esa tarea, el realismo es nuestro compañero.    

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