Estaba en el mejor equipo, tenía la mejor bicicleta, una fantástica equipación y había estado entrenando noche y día con uno de los mejores preparadores físicos, pero a la hora de la verdad, las piernas no le respondieron y aquel prometedor ciclista cada vez que la carretera se ponía cuesta arriba perdía más y más contacto con el pelotón. Al acabar –exhausto– la carrera y delante de los micrófonos de miles de periodistas ansiosos por escuchar los motivos de tal debacle, él, con una mirada perdida en el horizonte, con una voz cansina sólo acertó a decir: Mi peor fracaso no ha sido perder, sino la pérdida de mi entusiasmo.

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Y es que el entusiasmo es un ingrediente primordial en todos los ámbitos de la vida. De las cinco definiciones que propone la Real Academia Española tanto la primera: ‘Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive’; como la segunda: ‘Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño’; nos remiten a admitir que cada vez que empezamos un proyecto personal –ya sea de pareja, laboral o profesional–, si queremos que tenga una progresión, una continuidad, que se acerque al éxito soñado, necesitaremos muchas dosis de diferentes ingredientes, pero es muy evidente que necesitaremos un desmesurado volumen de entusiasmo a manera de gasolina para arrancar con ese proyecto; y, si este va disminuyendo, ese proyecto inicial soñado tiene muchos mimbres de no acabar como deseamos.

Personalmente, pienso que el entusiasmo en el mundo de la educación es a la vez que imprescindible, peligroso. A esta sentencia, que puede a simple vista parecer incoherente, procuraré a lo largo de las siguientes líneas darle una coherencia entendible a manera de ejemplos vividos desde la propia experiencia de veinte años de docencia:

En este magnífico magazine, se nos explican magníficos ejemplos de proyectos llevados a cabo por entusiastas docentes o equipos de maestros. A la vez, sólo falta “ganar” un poco de tiempo (porque considero que no se pierde) navegando por Internet para encontrar entusiastas proyectos educativos; y, por otra parte, es muy fácil de encontrar en twitter –o en alguna otra red social– cuentas de cientos de profesores que en 140 caracteres muestran su entusiasmo a la hora de explicar cómo han culminado con éxito algunos proyectos iniciados; o bien, muestran su entusiasmo a la hora de empezarlos. Y es que en un mundo como el de la educación, tan variable y con un campo tan abierto para poder hacer cosas, el entusiasmo de miles de maestros anónimos que luchan contra el modelo establecido es muy grande y clave para poder prever un cierto abismo de esperanza en el mundo gris y oscuro en que muchas veces parece estar el universo educativo.

El entusiasmo es –como he dicho– un elemento, o ingrediente clave para que la receta de propuestas educativas, empiecen y “tiren adelante”. Este entusiasmo, la mayoría de veces, es contagioso y provoca una cadena en espiral dentro de un claustro o dentro de la misma escuela. Considero esencial que el equipo directivo de un centro tenga, genere y provoque entusiasmo en su equipo de maestros, que encienda La chispa de ilusión al proponer ideas nuevas, que regeneren y remuevan el pensamiento único. Si un equipo directivo no tiene en su pedestal de valores el entusiasmo, puede provocar, en la mayoría de casos, que el claustro se deje llevar por la desidia y por el conformismo o, por lo que aún es peor, por la decepción que supone para los maestros –que se han incorporado con ilusión y entusiasmo por empezar proyectos nuevos– el hecho de no contar con el apoyo o respaldo de la dirección del centro; decepción que puede llevarles a caer en el desánimo y a verse contagiados de conformismo, de “ir tirando” o de “hacer siempre lo de siempre”…

Con todo, este entusiasmo que he definido de manera tan positiva, tiene también sus peligros. Un maestro ha de ser entusiasta, pero, a la vez, ha de ser planificador, coherente, responsable y realista. Cuántos proyectos se han muerto sólo al empezar –¡o antes de empezar!– por haber tirado hacia adelante sin prever las consecuencias o sin antes haber medido las posibilidades de éxito reales. El más clamoroso fracaso podemos encontrarlo –hablo de un caso que la mayoría de escuelas y maestros hemos vivido– ha sido el de las TICs:

¿Dónde habrán ido a parar aquellos DVD interactivos…?

Muchos centros han dotado sus aulas de ordenadores, de pantallas digitales. Con entusiasmo e ilusión, hemos ido adquiriendo los últimos avances, pero ese furor entusiasta, en muchos centros ha acabado como una botella de champán medio abierta en una sobremesa de Navidad; es decir: sin gas. La falta de formación de muchos maestros, los peligros que algunos equipos directivos han visto ante ciertos proyectos de algunos de sus maestros, el miedo que genera que algunos alumnos sepan más que algunos maestros, etc., ha provocado que ese entusiasmo inicial con que nos embarcamos, haya ido languideciendo y en muchos casos acumulando polvo en algún rincón.

El entusiasmo ha de ir “cogido de la mano” de la perseverancia y del compromiso. Es muy bonito a principio de curso presentar proyectos para llevar a cabo durante el año escolar. Puede, incluso, ser fácil contagiar ese entusiasmo a los alumnos; pero ¡oh, sorpresa! Resulta que ese maestro entusiasta a medio curso se cansa, NO previó ciertos matices y el proyecto NO se puede llevar a cabo; evidentemente, faltó la preparación: el prever dificultades, y ese proyecto, que con tanta ilusión empezó, acaba por NO realizarse.

El mundo de la educación necesita el entusiasmo como lluvia en abril, necesita generar un cambio educativo, el mundo lo está reclamando, nuestros alumnos nos gritan sin hablar, nos muestran su desgana. Su poca motivación es síntoma de que algo tenemos que hacer para que esto cambie. No podemos quedarnos en nuestras salas de profesores murmurando y añorando tiempos pasados, no podemos ser conformistas como ya decía –hace años– un grupo vallisoletano (Celtas cortos) en una canción, algo, que en muchos casos nos lo podríamos aplicar al colectivo docente:

“Tranquilo majete en tu sillón”

Al año siguiente volvió a esa carrera, la preparación había sido la misma, el equipo, a pesar de las presiones externas, volvió a confiar en él. Esta vez en la primera rampa, no miró hacia atrás, se levantó de la bicicleta y voló sobre el asfalto empinado de la montaña. La victoria fue insultante y apoteósica. Esta vez, al ponerse delante de los micrófonos, con voz serena y tranquila dijo: El año anterior mi mayor fracasó fue la pérdida de entusiasmo, este año la clave del éxito ha sido volver a hacerme amigo inseparable de él.