Recuerdo cómo era mi infancia. Cuando el martes, en clase, mis amigos y yo decidíamos que cuando llegara el viernes íbamos a quedar para jugar un partido de fútbol en el patio del colegio. Estábamos en tercero de Primaria, todavía no éramos tan planificadores como para pensar un martes a qué hora íbamos a reunirnos un viernes. Así que cuando llegaba el fin de semana, cada uno iba apareciendo por las pistas cuando podía, quería, o pensaba que era la mejor hora. Y el resto… Pues el resto esperaba pacientemente, jugando a cualquier otra cosa, mientras otros iban a llamar a las casas de los que faltaban por llegar.

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También recuerdo cuando nos mandaban hacer un trabajo y nos reuníamos en la biblioteca para buscar información sobre el tema. Cogíamos libros y nos poníamos a leer y a leer, hasta que dábamos con lo que buscábamos.

Cuando nos íbamos de campamento en verano, nuestros padres no sabían nada de nosotros hasta que no pasaba una semana, fecha en la que nos dejaban hacer una llamada a casa para comunicarles que todo iba bien y que estábamos disfrutando. Por supuesto, eran llamadas desde un teléfono fijo.

Después aparecieron los ordenadores, los “buscas”, las enciclopedias virtuales, los teléfonos móviles, las aplicaciones tipo whatsapp, y un largo etcétera que transformó la sociedad para siempre, y deslizó peligrosamente el sentido de la “paciencia” hacia un lugar poco visible.

“El que sube una escalera debe empezar por el primer peldaño”

Walter Scott

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Ahora cuando los niños deciden un martes que el viernes van a jugar al fútbol se pasan cuatro días mandando mensajes para concretar la hora, el lugar, los colores de las camisetas que llevará cada equipo, quién llevará el balón… Y 10 segundos después de la hora de quedada, el niño que llega tarde tiene unos 50 mensajes en su grupo de whatsapp, recordándole que va con retraso.

Los trabajos de la escuela han quedado derivados a la casa de uno de los miembros del grupo, el cual desde su ordenador, tablet, o móvil, obtiene la información exacta que necesita en unos 10 segundos. (Mientras sus compañeros de grupo están mirando en sus móviles el resultado del último partido de la selección española, la ropa que llevó puesta Justin Bieber en el concierto de anoche, o cuándo será la próxima fiesta en el colegio).

Deslizó peligrosamente el sentido de la “paciencia”

hacia un lugar poco visible

Los campamentos de verano y los padres. Pobre del niño que no llame desde su teléfono móvil a su madre nada más llegar al destino, o le mandé al menos un whatsapp al día para decirle que está durmiendo y comiendo bien.

Esperar no va con los niños. Ellos no entienden por qué no pueden conseguir lo que quieren en el acto.

“Quien tiene paciencia, obtendrá lo que desea”

Benjamin Franklin

Y es que hemos desplazado tanto a la palabra paciencia, que nos hemos olvidado de lo que significa. La pa-CIENCIA es “el arte de saber comportarse de manera correcta mientras esperamos a que algo suceda“. La escuela es un lugar muy poderoso para el desarrollo de esta virtud, pero, a veces, confunde la dirección del foco.

Las prisas nos impiden disfrutar del presente, y son una fuente inequívoca de ansiedad.

Caminemos junto a nuestros hijos y alumnos. Démosles la mano para que vean hacia dónde deben caminar. Dejémosles que aprendan de sus errores, y que sepan dar marcha atrás para volver a empezar.

Las presiones para que consigan resultados académicos a corto plazo les puede provocar los primeros síntomas de ansiedad. Una ansiedad que algunos adultos arrastran y maximizan después durante toda su vida.

Disfrutar de cada instante sólo es posible con dosis de paciencia. Que un niño camine por su infancia con las prisas generadas para convertirse en adulto será un tiempo perdido. Una falsa infancia. La propia paciencia es un símbolo de madurez. Trabajar para conseguir un objetivo, y saber esperar los resultados.

“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”

Proverbio

La paciencia también se aprende. Acostumbrarse a aceptar ciertas frustraciones y retrasos inevitables forma parte del aprendizaje de la vida. El ejemplo de los padres y maestros es fundamental. Los niños aprenden imitando. Seamos comprensivos con sus limitaciones y pongamos límites para que respeten los tiempos de espera; por ejemplo, cuando nos interrumpen en medio de una conversación. No entremos en el “juego” de sus rabietas para conseguir lo que quieren. Ese es un juego de ensayo y error que los niños, como todo ser humano, juegan desde que nacen para comprobar qué sucede. Demostrémosles que la calma y la paciencia tienen recompensa, mientras que la rabia y la desesperación por conseguir las cosas cuando uno quiere sin entender a razones suele traer sensaciones posteriores negativas, incluso cuando uno consigue lo que tanto ansía.

La propia paciencia es un símbolo de

madurez

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