La dinámica de los centros educativos y de sus docentes sigue sin dar un impulso definitivo que cambie el modelo de comunicación externa habitual en el sector. Continúa predominando un modelo que muestra públicamente en la Red las actividades, más o menos vistosas, que se realizan durante el horario lectivo. No se acaba de profundizar, justificar, valorar o debatir públicamente, con los alumnos y familias,  el modelo pedagógico o metodologías llevadas a cabo.

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La comunicación externa se queda en una mera herramienta de marketing donde todo parece magnífico y donde lucen muy bien nuestros alumnos o instalaciones. Y, ¿dónde queda la tarea diaria que se realiza en el aula? ¿Dónde están esas competencias, contenidos o actitudes que trabajan profesores y alumnos? ¿Dónde está el espacio para comentar, criticar, felicitar o debatir con los docentes o equipo directivo?

Este modelo de comunicación externa limita la concepción de la educación y encauza la política del centro hacia modas frágiles provenientes de las demandas de la sociedad o del mundo empresarial. Unas demandas que estimulan la competición, los rankings por encima de la cooperación entre centros educativos, entre los propios docentes o entre educación pública y privada.

Creo necesario la apertura de espacios en los centros donde el alumno y sus familias puedan conocer la labor docente y puedan implicarse en el modelo de aprendizaje. No es suficiente, ni justa, la valoración de un curso completo a través de una serie de calificaciones numéricas tres veces por año. No tiene sentido conocer lo que hace un alumno durante nueve meses a través de un mero boletín o mediante una o dos entrevistas personales. ¿Por qué no articular diarios de aula? ¿Por qué no crear dinámicas donde profesores o alumnos muestren de un modo crítico sus aprendizajes? Existen multitud de medios y herramientas donde visibilizar estas prácticas: blogs, redes sociales, aplicaciones, plataformas educativas, etc.

Parece que existe un miedo al qué dirán o al juicio de los “de fuera”. No nos tomamos la comunicación externa como un proceso bidireccional donde aprender y conocer otros criterios diferentes. Las redes sociales como tablones de anuncios o como autobombo son la tónica habitual. Debemos ser capaces de abrir nuestras escuelas, compartir materiales y visibilizar nuestra labor sin temor a perder ninguna esencia. Hablamos de flexibilidad, adaptación o espíritu crítico, y nuestras aulas y centros permanecen cerrados o semiabiertos a otras visiones educativas.

A nivel interno, la comunicación de los centros también necesita formar verdaderos equipos docentes. Los profesores estamos acostumbrados a programar y gestionar el aula con pocas injerencias; somos semidioses en aquellas materias que impartimos. Seleccionar conjuntamente un libro de texto o cuadrar horarios no implican comunicación ni trabajo de equipo real. Los profesores necesitamos más espacios y tiempos donde tomar decisiones conjuntas sobre el desarrollo de las clases, formar proyectos coordinados de enseñanza-aprendizaje o aprender de la labor y experiencia de los compañeros.

Es necesario un mayor esfuerzo para trabajar como islas de un archipiélago unidas por puentes en constante construcción. No podemos demandar empatía, trabajo en equipo u otras competencias si no las demostramos con nuestra acción habitual. La comunicación interna debe ser una constante y un esfuerzo, muy costoso, a realizar con mayor frecuencia. Salir del aula, con y sin alumnos, física y virtualmente, para compartir experiencias y otros puntos de vista, nos enriquece a todos.

Aislarse o reunirse con los colegas sólo por obligación no es justo para unos alumnos que se van a enfrentar a una realidad mucho más cambiante y exigente que aquella que nosotros experimentamos. El alumno es una esponja que percibe nuestro crecimiento profesional, nuestras actitudes y nuestras formas de trabajo. Si queremos ser un equipo docente, a nivel de grupo, de aula o de centro, debemos demostrarlo también a través de la enseñanza. Los centros deben liderar esta forma de trabajo por encima de convencionalismos u otra burocracia.

El trabajo en equipo no es una moda, es una necesidad si se desea progresar como escuela y como educador. Tampoco es un capricho la necesidad de visibilizar y compartir, con todo nuestro entorno social, el trabajo docente que realizamos. La comunicación, en todas sus acepciones, debe ser nuevamente considerada en las escuelas.