El rechazo o la utilidad de la memorización es uno de los casus belli de la educación actual. Protagoniza muchos desencuentros entre personas que tal vez no piensen tan distinto como creen.

Nadie discute el valor de la memoria en sí misma. Pero unos se aferran al Einstein que se ufanaba de no recordar números de teléfono porque ya los podía encontrar en la guía. Y otros se agarran a todas las variables y constantes físicas que Einstein sí debía tener en la cabeza sin necesidad de tener que irlas a buscar constantemente en los libros y sin cuya memoria alguna de sus teorías se habría perdido en los viajes.

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¿Cuánta memoria necesitamos y para qué? ¿O cómo? Uno podría decir: la memoria la guardo para lo que me interesa. ¿Podemos dar esa libertad a los niños? ¿Es la memoria finita o infinita? ¿Hay realmente que ahorrarla? Tal vez ésas sean las cuestiones.

Nadie discute el valor de la memoria

en sí misma

Un ejemplo típico: las capitales. ¿De dónde? De donde sea: de comarca, de provincia, de Europa, del mundo. Pongamos 42 de comarca, 50 de provincia, 192 del mundo. Doscientas ochenta y cuatro en total. Parece un número plausible, 284. Pero ¿qué es una capital, qué aspecto tiene? ¿Y capital de qué cosa? Porque 284 capitales son también 284 estados, provincias y comarcas. Honduras puede ser confundida por un ministro de asuntos exteriores. Afganistán era desconocido por el presidente que después tuvo que bombardearlo (¡cómo es la vida!). No debe ser tan fácil. Los antropólogos dicen que las comunidades humanas, más allá de los 150 miembros entran en cierta confusión. Yo no recuerdo el nombre de los 600 alumnos que he debido tener. Probablemente recuerdo muchos menos. Pero admito que no soy ningún prodigio de la memoria, más bien al contrario. Y que de alumnos no he amado a demasiados, realmente.

Convalecientes de la memorización de los reyes godos y de toda la liturgia católica o por los nombres de ciudades que sólo eran puntitos en un mapa mudo, pasamos al desprestigio de la memorización, que no de la memoria. Y en los frecuentes golpes de timón que suelen haber en los países viscerales como el nuestro, la memorización quedó como una buena arma arrojadiza que lanzar a la cabeza del adversario. Después resulta que todos veníamos a pensar parecido, pero nos hacía falta un poco de jaleo. Para desentumecer los músculos.

…no alta ni baja, sino

estándar

No sé de nadie que ponga pegas a memorizar poemas. Pero es que un poema conlleva una memorización muy contextualizada. Sentido, entonación, emoción, tema, argumento… ¿qué más se puede pedir. ¿Quién puede llevar el teatro a la clase sin memorización? Mi experiencia es que los niños no suelen quejarse de esa memorización. ¿Y cómo resolver un problema matemático oral sin memorizar?

Después está la cultura. A menudo se añade “alta”, cultura (como quien dice Bond, James Bond, que es el más Bond de todos los Bonds). ¿Cómo no saberse las obras principales de Lope de Vega o de Pérez Galdós? ¿Cuántos deben ser los autores sin los que no se puede acudir al refinado cóctel o embajada de la vida? ¿Y si hiciéramos leer en clase el libro Cómo hablar de libros que no se han leído de Pierre Bayard? Podría ser un libro de texto muy práctico. Pero requeriría tener noticia, por ejemplo, de El hombre sin atributos de Musil y ya estaríamos en lo mismo. ¿Qué hacemos, ponemos a Shakespeare y quitamos a Tirso? ¿O los ponemos a todos?

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También están los reyes y las batallas, los pactos, paces y treguas, las instituciones de donde sea y lo que sea, los líderes religiosos, los científicos, los filósofos y sus manías (perdón, teorías), los artistas y sus movimientos, las partes de la frase y de la palabra, las clases de palabras, frases y textos, las imágenes de dicción y las figuras literarias, las clases de plantas y animales, de vertebrados e invertebrados, de tejidos y órganos, de sistemas y funciones, de átomos y moléculas, de accidentes geográficos y factores económicos… Un mundo lleno de gente y cosas. Infinitos tributos a la memoria.

No sé de nadie que ponga pegas a

memorizar poemas

A los diez años recuerdo que me sabía casi todos los nombres de especies animales que salían en una colección de cromos muy popular en aquel entonces, más de trescientas. Ni las señoritas sabían tantas. ¿Y si sustituyéramos los libros de texto por colecciones de cromos? Perdonen la broma, hay una solución mejor. Confiar en los descendientes.

¿Y si confiáramos en los jóvenes y simplemente les mostráramos el mundo y les propusiéramos tareas de esas que ponen a prueba su memoria? No me refiero a tests o cuestionarios sino a aventuras de conocimiento. Que las aulas sean ricas y el mundo, todo, se revele allí: libros, cuadros, documentos, grabaciones, vídeos, exposiciones… Dejemos que sean Einstein, que vean y vayan decidiendo lo que les será útil memorizar, porque al fin y al cabo no lo sabemos.

Lo demás es formar personas de cultura… no alta ni baja, sino estándar.