UN BUEN MAESTRO

Hablar del papel determinante del maestro en la sociedad es indiscutible. Detrás de cualquier persona hay un maestro/a que lo ha marcado para bien o para mal. Hemos tenido buenos y malos maestros que han “moldeado” nuestras vidas de una u otra manera. ¿Quién no se acuerda de las maestras de infantil? Las mías fueron Chita, en la cueva de la Calle Belén, en Tamaraceite, la que me enseñó a leer; y, luego, la Señorita Tita, que era un encanto en un colegio, donde tuve la experiencia terrorífica de “estar aterrorizado” por no saber hacer una raíz cuadrada, en 4º de Primaria. El mejor maestro que he tenido, y sigo teniendo, es mi hermano gemelo, que en mi época de estudiante era capaz de hacerme llegar las explicaciones de las distintas materias, sobre todo, las de ciencias, porque yo, en muchos casos, no daba pié con bola.

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Es verdad que no ponía mucho de mi parte en el aula y estaba más preocupado de pasarlo bien y copiarme que de aprender algo de memoria y de manera repetitiva. Él fue siempre mi conciencia y mi comodín hasta que pude “chupar del bote” y el propio sistema me hizo caer; pero eso lo cuento luego.

VOCACIÓN

Otra de las docentes que me marcó fue una profesora en el instituto que me preguntó un día qué quería estudiar y yo le respondí que quería ser maestro. Su respuesta fue “pobres niños”. ¡Cuánto mal me hicieron aquellas palabras que me llegaron a lo más profundo del corazón! Hasta tal punto que terminé COU y me metí en derecho, para perder un año y darme cuenta de que lo que yo realmente quería era ser maestro. Y quería ser maestro porque nunca fui un buen alumno, que no es lo mismo que un alumno bueno, que eso sí que lo era, al menos nunca llevé una nota de los profesores a mi madre a pesar de que algunas trastadas sí que hacía.

Quería hacer en el aula lo bueno que algunas maestras hicieron conmigo y no repetir lo que otros hicieron, igual sin querer, o por ignorancia.

Fui considerado toda mi vida de la enseñanza secundaria como un mal estudiante, un parásito de mi hermano gemelo. Él sí que era bueno y brillante, los profesores le admiraban y era capaz de levantarse a las 6 de la mañana para estudiar y yo no podía ni abrir los ojos para aprenderme de memoria algo que no me decía nada.

Unas matemáticas cuya aplicación a la vida diaria no entendía y que se alejaba más y más de mi entendimiento, una filosofía que era pura teoría, una física y química en la que no veía el laboratorio ni en fotografía y lo más “activo” que hacías era salir a la pizarra para que el profesor te dijera “siéntese porque se nos va a hacer de noche”. Yo luché contra ese “sistema” y si lo que había que hacer era aprobar, lo hacía aunque los modos no fueran los más correctos: copiando, cambiando exámenes, haciendo chuletas, etc., etc., y alguna vez que otra estudiando. Pero hasta que un día no pude más seguir con esta “trama” y ya no sirvieron ni los consejos de mi pobre madre, ni las chuletas, ni mi hermano gemelo que ya no me hacía ni caso porque yo no entraba por el aro, …y tuve que repetir curso. Ese fue el principio del cambio. Solo ante el peligro y un profesor de inglés, Germán, que era cercano y motivador. Lo entendía, hablaba otro idioma pero conectábamos. Y pasé del Muy Deficiente el curso anterior al Sobresaliente.

Yo le respondí que quería ser maestro.

Su respuesta fue “pobres niños”BUEN-MAESTRO-INED21

Quería ser maestro porque nunca fui

un buen alumno

¿Tan mal alumno era? ¿Dónde estaba el fallo? Porque tras repetir aprobé todas las asignaturas, solo me seguía quedando la Física y Química del profesor alérgico al laboratorio y pegado a la silla desde que llegaba hasta que tocaba el timbre. Pero si había que aprobar se aprobaba, y si no era un año era el otro, y si no era con ese profesor era con otro. Y así fue. Llegué a aprobar las matemáticas de primero y de segundo ese mismo año con un nuevo profesor, que si bien no era para darle el nóbel, eso sí, no se sentaba nunca en la silla y se recorría la clase de cabo a rabo preocupándose del alumnado y de que lo entendiéramos todo. Y no sé si con esto luego llegó la madurez, pero hacer lo que realmente quería me hizo no ver un suspenso ni septiembre en los tres años de magisterio. Y como me quedé con ganas hice el curso puente y me licencié en geografía, que me encantaba. Y eso que trabajaba por la mañana y por la tarde iba a clase, así durante toda la carrera, sábados y domingos incluídos. Todo gracias al apoyo de mi hermano, los consejos de mi madre, mi empeño y sobre todo a esos buenos maestros que supieron conectar con el alumnado y supieron transmitir su saber de manera sencilla y práctica.

Gracias maestros porque lo que soy,

poco o mucho, se lo debo a ustedes

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