“LLevaba más de 100 km rodando en solitario, las piernas le hacían llamadas de socorro suplicando que dejará de pelear, aquella guerra estaba perdida, el pelotón se le echaba encima a pasos agigantados y a pesar de su fuerza de voluntad, su perseverancia y sus ganas, ya nadie daba un duro por él, ya todos estaban seguros que era cosa de minutos que el gran pelotón abortará la escapada en solitario, ya no ganaría la etapa en solitario, ya no subiría al podio rodeado de dos bellas señoritas y ni con un ramo de flores saludaría a su hija y a su mujer…”

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Siguiendo con el símil ciclista que comenzó con la pérdida de la ilusión y siguió con la constancia como claves para una mejora en el campo educativo, hoy me gustaría incidir en el acompañamiento y en el sentirse parte de un colectivo.

El maestro, al igual que un ciclista, que necesita estar arropado por un pelotón para sentirse más seguro, para que su esfuerzo sea compensado por los demás, para no sentirse solo, para poder combatir el posible viento de cara, también necesita de los demás compañeros del claustro para percibir que su “carrera” no es en solitario.

Arropado por un

pelotón

Necesitamos a los compañeros de claustro, los necesitamos como dos y dos son cuatro y punto. No me vale, rodar en solitario de 9 a 5 y salir en grupo de 6 a 9. No me vale sentirse solo en la escuela, y refugiarse por las tardes en twitter para sentirse un miembro más del pelotón virtual. Que lo virtual es genial, que sirve mucho y su aportación es imprescindible para cualquier docente, pero lo que es necesario es sentirse parte de un colectivo real, en la misma escuela, codo a codo con el docente que entra en tu clase o con el que tienes enfrente.

Y es que, muchas veces, rodamos en solitario, nos alejamos del pelotón para lanzarnos a la aventura del triunfo en solitario, el pelotón nos frena, el pelotón nos hace ir a un ritmo el cual nosotros, consideramos lento. Rodamos, en solitario, como profesores cuando iniciamos proyectos de clase; sin tener en cuenta el claustro, cuando iniciamos proyectos de asignaturas, sin pedir opinión del resto de compañeros que entran en la clase. Iniciamos nuevas metodologías, nuevas maneras de distribución del espacio, renovadas e ilusionadas maneras de evaluar; pero, sin antes pasar por el filtro de la opinión de los demás. Nos vale haberlas leído, haber asistido al curso de aquel crack mediático… pero quizás, perdemos de vista que la opinión de los que comparten el día a día en tu escuela son los que tendrán una visión más objetiva y real de la situación. Pero, es que tenemos la sensación a menudo que algunos compañeros no tienen ninguna intención de cambiar el ritmo de pedaleo, que ya les está bien hacer lo que hacen, aunque cada vez, esta manera de ir en bicicleta nos esté alejando más lejos la meta y, aunque, en rara ocasión, se consiga disfrutar del paisaje. Como docentes pero, hemos de buscar los medios para liderar y hacer que el ritmo aumente, para que el entusiasmo de llegar a buen puerto recale en las mentes de los que nos rodean.

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¿Pero no sólo hemos de conseguir esto en los docentes? ¿Y los alumnos? Por mucho que cambiemos el ritmo de pedaleo, por mucho que ofrezcamos bellos parajes por donde pasear en bici, por mucho que busquemos las bajadas antes que las subidas, si nuestros alumnos NO creen en nosotros, no se entusiasman con nosotros, si no les ofrecemos frescura, imaginación, PASIÓN, se quedarán atrás, volveremos a sentirnos solos, pedaleando y, definitivamente, agotados.

Muchas veces pero, sucede lo contrario, es el pelotón que avanza y nosotros quedamos rezagados: el cansancio, la edad, la vitalidad, los problemas personales, las malas rachas, la salud,,,, mil cosas que pueden hacer, que veamos cada vez más alejarse el pelotón y nosotros incapaces de reaccionar nos quedemos parados en medio de la nada. Es entonces, cuando una vez más cobra especial importancia el sentirnos miembros de un claustro, miembros de un equipo, el buscar la ayuda, el buscar el apoyo, el encontrar aquel compañero que te ayude a levantar ese entusiasmo perdido puede ser clave para que el docente siga adelante en su tarea.

WARNING!

Volveremos a sentirnos solos, pedaleando y, definitivamente,

agotados

¿Por qué no ganar tiempo perdiendo tiempo para hablar en los claustros? Cuánto se echa de menos la reflexión pedagógica entre profesores de un mismo centro: nos pasamos tiempo hablando de objetivos, preparando clases, corrigiendo, organizando celebraciones, hablando de problemas, de falta de motivación, añorando tiempos pasados… Pero, ¿hemos tenido la oportunidad de sentarnos alrededor de una mesa, con un café en la mano y con unas galletas de por medio, para hablar de qué se puede hacer? ¿Hemos hecho volar la imaginación y hemos intentado seducir a nuestros compañeros de trabajo que es posible ir en bicicleta a otro ritmo, con otra forma de pedalear, con ruedas más estrechas o anchas, con un cambio de marchas más ligero, con una suspensión más fiable…?

Y, finalmente, para que este cambio o mentalidad se produzca siempre tiene que ir apoyado y liderado por un equipo directivo que de verdad se crea que es posible cambiar de bicicleta, aunque por el camino se quede esa bici querida, esa bici que tanto nos ha acompañado pero que ya no se amoldaba a las exigencias de las carreteras del siglo XXI.

Hemos de conseguir rodar más rápido, pedalear de otra manera, avanzar, sobretodo avanzar, pero pienso que eso sólo tendrá sentido si lo conseguimos hacer rodeados de compañeros y compañeras del centro,

Y cuando aceptó que rodar en solitario era una quimera, se dejó atrapar por el gran grupo. Entonces a rueda de los demás compañeros de equipo, guardó las fuerzas necesarias para así, a escasos metros de la línea de llegada lanzar un tremendo demarraje y lograr la ansiada victoria de etapa. Había sido una victoria ganada a costa del trabajo de todos sus compañeros y eso le hizo y los hizo tremendamente felices a todos.