¿Qué ha ocurrido con la educación por sí misma? ¿Cuándo ha quedado desplazada la pasión de nuestros niños por aprender, por la búsqueda de un tema que de verdad les entusiasme, debido a la aparición de la competencia por lograr el currículo perfecto?

Carl Honoré: Bajo presión.

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Me gustaría compartir una experiencia personal. Durante muchos años fui entrenador de atletismo en categorías de promoción, una faceta más en mi labor como educador. Una de mis atletas más prometedoras era una niña de 11 años con un talento natural increíble para las carreras de medio fondo. Esta niña, como todos los niños y niñas de su edad, entrenaba 3 días a la semana y, siguiendo mi filosofía de entender el deporte de promoción, le hacía participar no solo en las pruebas en las que destacaba, sino también en las demás disciplinas atléticas.

Poco a poco, fui apreciando que esta niña iba perdiendo la ilusión por el atletismo y yo no era capaz de averiguar el porqué. Hasta que me enteré de que, los días que tenía descanso, su padre la llevaba a entrenar por su cuenta y que continuamente la presionaba por competir cada vez con mayor intensidad para ganar siempre, para ser la mejor. Resultado final: la niña abandonó la práctica del atletismo al no poder soportar la angustia y la presión a la que su padre la estaba sometiendo en su afán bienintencionado por conseguir que fuera la mejor.

Vivimos en un mundo impaciente

e hipercompetitivo

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Por eso, nuestras escuelas son impacientes e hipercompetitivas; por eso, la educación que proporcionamos es impaciente e hipercompetitiva; y, como consecuencia de ello, nuestros niños son impacientes (tienen poca o ninguna tolerancia a la frustración, poca capacidad de concentración, prefieren la multitarea al trabajo constante y perseverante…) y competitivos (agenda llena de actividades formativas extraescolares, presión por ser los mejores, búsqueda del éxito fácil e inmediato…).

Pero, en realidad, la impaciencia y la competitividad no forman parte de la naturaleza de los niños, los hacemos así las personas que nos encargamos de su educación. La mayoría de las veces lo hacemos porque nos sentimos en la obligación de protegerles del riesgo de quedar al margen del sistema (de la sociedad). Por ello, los educadores sentimos la “obligación” de que los niños y jóvenes tengan un currículum perfecto que les posibilite optar a los mejores estudios, para luego conseguir un buen puesto de trabajo, que les permita tener estabilidad e independencia económica.

Lo cierto es que estas decisiones bienintencionadas solo tienen un efecto placebo para nuestra conciencia. Pensamos erróneamente que facilitarles todo, protegerlos siempre y concederles todos sus deseos y caprichos les permitirá tener la mejor formación, el mejor currículo. Pero se consigue justo el efecto contrario. Tenemos tendencia a sobreproteger a los niños y a quemar etapas en su formación: que lean lo antes posible, que hablen el mayor número de idiomas…

Hay padres que, con la mejor de las intenciones y la peor de las consecuencias, incluso llegan al extremo de hacer las tareas escolares de sus hijos. Lo que provoca, en el mejor de los casos, que obtengan buenas calificaciones académicas, pero que los deja sin recursos para enfrentarse autónomamente a los retos de les deparará el futuro. Por otro lado, hay centros educativos que para alumnos de 2 años ya tienen un horario escolar establecido con asignaturas, idiomas, psicomotricidad… con lo que apenas les queda tiempo para jugar.

En esta sociedad competitiva, el juego es considerado una pérdida de tiempo. Si los niños tuvieran la oportunidad de jugar más, serían más creativos, imaginativos y emprendedores; tendrían menos miedo a asumir riesgos. El juego en los niños no es solo divertimiento y entretenimiento, es formación del carácter, es adquisición de hábitos, habilidades y destrezas, es desarrollo psicomotriz…

Apenas les queda tiempo para

jugar

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Ken Robinson en Escuelas creativas afirma que “los niños poseen una poderosa capacidad innata de aprendizaje. Si dejamos que se muevan libremente explorarán las alternativas y tomarán decisiones que nosotros no podemos ni deberíamos tomar por ellos.” Yo propuse hace algún tiempo:

Una sugerencia, pongamos en nuestras escuelas un cóctel de creatividad, colaboración, valores, emociones y entusiasmo… y, seguramente, nos sorprendan los resultados en forma de más alegría de aprender, menos abandono escolar y personas más felices”.

Más importante que un currículo académico “perfecto”, que lo único que demuestra es que el alumno se ha adaptado perfectamente al sistema educativo y tiene una buena habilidad para hacer exámenes, es proporcionar a los alumnos la posibilidad de que construyan su propio aprendizaje, dotándolos de las habilidades cognitivas y no cognitivas que les permitirán tener una vida personal, académica y laboral plena.