Nacen y se les quiere. O no siempre en el momento de nacer. Si así fuera habría que solucionarlo rápido. Un primer año sin amor es un fracaso social. He conocido muchos niños que debían preguntarse por qué los trajeron, a caballo entre unos padres que tampoco lo saben y unas instituciones que no siempre saben qué hacer. Normalmente acaban encontrando motivos propios para estar en la sociedad. Porque no es lo mismo querer estar en el mundo, cosa común a todos los animales que querer estar en una sociedad. Eso hay que construirlo desde el primer momento.

La sociedad debe hacerse querer queriendo. Y la primera sociedad de un bebé son sus padres o unos padres. No deberían pasar ni dos meses sin arreglarlo. La Educación no es sólo escuela sino también política social. El niño debe notar que se le tiene en cuenta con su rango en la sociedad, que va creciendo junto a su conocimiento y responsabilidad. La Educación no es solo escuela sino política familiar. No debería permitirse una paternidad que no fuera social. Limitarse a exigir que un bebé nazca no es un acto de sensibilidad humana. Hay que aportarlo todo. El niño no es un cuerpo que ya es humano por el hecho de tener un cerebro humano. La plena humanidad de ese niño está en la sociedad que le acoge.

Una protección social sólida y exigente es la primera y mejor medida educativa. Menos AVE y más política social.

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Fotograma de la película: Rebelión en las aulas

Coincido con el pintor Courbet en que el origen de nuestro mundo también está en la biología (deberíamos ver mucha alma en el cuadro El origen del mundo), no solo en la creación (es decir, cuerpo y alma). Mientras la biología no esté suficientemente humanizada (el cuerpo “almado”) habrá que recurrir a correcciones que nadie quiere. Sí, me refiero al aborto, necesario para que deje de serlo. Necesario mientras haya tantos que se desentiendan de la biología después del nacimiento. Los que no aceptan que la condición humana es una condición mestiza como señala el pintor y que la Humanidad no está en el principio sino en el camino, en como lo andemos y hacia dónde vayamos. No puede obligarse a ser madre a una joven que necesitará más ayuda de la que presumiblemente se le va a dar. En casa la responsabilidad va con el amor igual que en la escuela no puede hablarse de anatomía sin hablar de sensibilidad. No hay espíritus ni cuerpos puros como no debería haber inteligencia sin conciencia. Y no se ve siempre que los jóvenes se traten entre ellos o traten al mundo con sensibilidad.

Educar las emociones. Me adhiero a todos los que claman por ello.

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Fotograma de la película: Rebelión en las aulas

Se dice que El libro de texto sólo habla a los que tienen ambición social, al menos alguna. Y España parece andar escasa de jóvenes con ambición. Lo llamamos fracaso escolar. Nadie espera que la escuela sorprenda, todo está desde el principio en el manual. ¿A ver quién se sabe mejor la lección? Es la misma razón por la que tenemos fama de impuntuales y por la que no “ponemos la mano en el fuego por nadie” y lo “sabemos todo de buena tinta”. Ni confiamos ni esperamos que se confíe en nosotros. El futuro está en manos de Dios. Estado y ciudadania, nobles y vasallos nos realimentamos. Ahora el círculo vicioso tal vez se vaya rompiendo, esperemos. ¿Es casual nuestro índice de paro?

La autonomía, la confianza y el asombro crean ambición social, voluntad de estar y ser.

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Fotograma de la película: Rebelión en las aulas

El bebé que percibió desarmonia desde la cuna posiblemente será un niño difícil. Y el niño difícil al que se obligó a “estudiar” posiblemente será un adolescente inadaptado. Siempre hay ocasión de corregir errores, pero no habría que perder la primera. Eso es lo que entendió Finlandia. Organizarse para no corregir demasiado tarde. Eso no necesita leyes sino Sociedad y me temo que nosotros no acabamos de ser una sociedad, aunque el estado y las leyes apañen costuras para disimularlo. No somos un traje sino retales mal cosidos.

En Finlandia ayudan (en serio) a los jóvenes para que sepan cómo y cuando traer un bebé o no traerlo. Ayudan (en serio) a las familias para que puedan hacer buenos (no “muchos”) regalos a los niños . Ayudan a las escuelas (en serio) para que la educación pueda ser un regalo especial para todos y cada uno. Ayudan a los estudiantes a descubrir si pueden (en serio) enseñar antes de ponerse a hacerlo. En Finlandia, por supuesto, también se equivocan. Pero en su momento reflexionaron y decidieron preocuparse más por hacer una sociedad que por mejorar su economía. Al final la economía salió beneficiada (Xavier MELGAREJO, Gracias, Finlandia, Ed. Plataforma, 2013).

Nosotros lo enfocamos al revés. Hacemos muchos regalos y malos, si no es que no hacemos ninguno. Damos textos estandarizados para imponer “esfuerzo” y desamor. Desconfiamos del instinto de vida y trabajo que hasta los animales tienen. Fiamos más en Dios (metáfora de todo lo que está arriba) que en la gente.

Si en cambio concibiéramos la educación como un regalo elaborado y exigente, tal vez obtendríamos lo principal: vocaciones. La vocación es un buen papel que representar en la película humana. Constituye un paquete armónico de actitud social, elemento  robinsoniano1 y conciencia que representado por siete mil millones de actores compondría una obra capaz de conmover a Shakespeare. Y ampliaríamos el mundo descubriendo infinidad de caminos que aún no se habían visto.

A los países que cuidaron su juventud para hacer una sociedad sana, los AVE y la economía se les dieron por añadidura.


1Del pedagogo Ken Robinson, que defiende la escuela como descubridora del elemento que da sentido a cada persona.