¿Es el mundo una oficina?

¿Por qué la escuela, sí?

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Pongamos que un parvulario es como las oficinas de Google, las aulas de primaria como las de Microsoft y las de ESO como esas oficinas de las películas de Billy Wilder (véase, por ejemplo, El apartamento). Con la edad, decrecemos en modernidad. No es raro que a los graduados les apetezca, sobretodo, echarse al monte.

Reconduzcamos la ironía. Hasta ahora el proceso de civilización ha sido un proceso, también, de autodomesticación. Especialmente desde el siglo XIX. No es tan distinta la escuela burocrática de la fábrica taylorista. Y no se prevé que todas las empresas vayan a ser como Google, ni todos nosotros, creativos informáticos.

En mis tiempos escolares no había mucha diferencia entre el parvulario y el bachillerato. Incluso nosotros, a los siete años, especulábamos con lo gruesos que debían ser los libros de los mayores. Había un simple aumento de intensidad de estudio. Los del “ingreso” alardeaban de lo gruesa que era su enciclopedia Álvarez de grado superior y ridiculizaban lo delgadita que era la nuestra. Tres o cuatro páginas para memorizar cada día.

Eso sí era estudiar, eso forjaba el carácter.

Hoy hasta la derecha es algo más sutil y diferencia etapas y estilos. Y los editores consiguen que los libros de texto de primaria disimulen mucho, y los de ESO un poco, su auténtica condición de manuales de oposición. Dios nos libre de mezclar la escuela con el juego. Para eso está el patio, para liberar tensiones. Veinte minutos y volver a la disciplina. Suena militar. ¿Es el mundo un cuartel? ¿Por qué la escuela a veces lo parece?

Para mí el modelo ideal de escuela sería como un ateneo de niños. Igual que los adultos se reúnen en sus clubes para diseñar el mundo; unos semejantes deberían tener los niños para jugar a que arreglan el mundo. En el ateneo, la disciplina se exige, pero cada cual a sí mismo. El niño que jugase a ser disciplinado aprendería disciplina. Porque lo que antes se aprende es que el juego es cosa muy seria. Jugar a leer, jugar a discutir, jugar a calcular, jugar a decidir.

Un esfuerzo de juguete que prepara inmejorablemente para el esfuerzo de verdad.

Tal vez los maestros deberían transmutarse en entrenadores y los inspectores y examinadores en árbitros. Tal vez la evaluación escolar debería actuar como un periodismo deportivo y transmutar los exámenes en críticas especializadas. ¿Cómo va esta liga juvenil? ¿Qué futuro nos depara la cantera?

En las aulas debería haber bibliotecas de juguete, museos de juguete, monografías de juguete, industrias de juguete. ¿Qué es el portafolio sino un muestrario profesional de juguete? El mundo no debe examinar a los niños.

Ellos deben examinar el mundo.

Y al filo de los 16 habrán visto cuáles son las lagunas que ellos deben y quieren llenar. Y tendremos una liga profesional cada vez más intensa.

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Bueno, tampoco la vida es un partido. Las metáforas NO pueden con todo.