Me alegré de que el lingüista Jesús Tuson certificase que una imagen NO vale más que mil palabras. Tiene un valor diferente e incomparable. Y no puede hacer lo mismo que hacen las palabras. Somos animales visuales y auditivos, básicamente. Con el cerebro bien pertrechado para usar símbolos de una y otra clase. Y nos define el pensamiento, no sólo la pulsión. Eso lleva su tiempo. Ver y escuchar (o leer). Aprender de las mejores imágenes y palabras que se hayan hecho, de manera que unas lleven a las otras y viceversa. Por eso propongo que el material escolar sean libros, imágenes (grandes) y voz (con el maestro a la batuta).

Leo al filósofo de moda (de nombre difícil de recordar y de pronunciar) y me parece que la fama es merecida. Me llaman la atención estas citas y me las llevo a mi molino:

“No solamente el multitasking, sino también actividades como los juegos de ordenadores suscitan una amplia pero superficial atención, parecida al estado de la vigilancia de un animal salvaje”1

“Los estados de duración se sustraen de la hiperactividad. Paul Cézanne, aquel maestro de la atención profunda y contemplativa, dijo alguna vez que podía ver el olor de las cosas. […] ya no se movía más de su lugar y se limitaba a mirar, hasta que sus ojos, como decía Madame Cézanne, se le salían de la cabeza. […] El paisaje, remarcaba él, se piensa en mí, yo soy su conciencia.» Sólo la profunda atención impide «la versatilidad de los ojos» […] Sin este recogimiento contemplativo, la mirada vaga inquieta y no lleva nada a expresión. Pero el arte es un «acto de expresión» […] Incluso Nietzsche, que reemplazó el Ser por la voluntad, sabe que la vida humana termina en una hiperactividad mortal, cuando de ella se elimina todo elemento contemplativo:

Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época, se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo.”2

La mirada se nos vuelve hiperactiva y codiciosa desde la infancia. Queremos objetos y experiencias a los que no damos tiempo de ofrecernos lo que podrían. Por eso creo que la escuela es un buen lugar para aprender a mirar y a querer.

En otro lugar defendía esas imágenes, símbolos de la cultura humana, que en los manuales se adocenan y que, grandes y presentes, podrían ayudar a sentar la mirada del niño y a darle expresión, como dice Han. Pondré tres ejemplos.

ARTE

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Periódicamente una imagen grande podría ser protagonista en el aula. Y mejor, si puede contrastarse con otra. La comparación despierta la mente y es la madre de la ciencia. Esta Última cena de Tintoretto abruma, mientras que la de Leonardo, serena. Han pasado cien años. Da igual, cada cual tendrá sus preferidas. Incluso los alumnos deberían poder proponer. “El paisaje se piensa en mí”, decía Cézanne. Mirando y viendo, conocemos y nos conocemos.

La misma historia expresada por dos personas y por dos épocas. Y ofrecidas a una tercera época que es la nuestra. ¿Cómo pintarían hoy nuestros alumnos la última cena de Jesús? Desgraciadamente, Leonardo les habría llegado por infinidad de canales y posiblemente harían algo parecido. Pero Tintoretto nos muestra que puede hacerse algo muy distinto. ¿Cuántas imágenes no se han hecho con unas mismas palabras?

La presencia de una imagen grande en el aula creo que supera hasta la contemplación en un museo, aunque no se trate del original. La diapositiva tradicional es una lección magistral. La visita al museo es una experiencia pasajera. La presencia en clase permite “pasearse” y pensar. El profesor también se sienta sin imponer tiempos. ¿Cómo puede tener “la misma cosa” aspectos tan diferentes?

En Leonardo, el mundo está diseccionado y seleccionado. Tenemos los seres humanos con su pasión y su peripecia interna. Tenemos la perspectiva. El mundo es simplemente un espacio matemático, como esa línea sobre la que los niños dibujan sus personajes uno al lado del otro. Y el héroe está en el centro y a él se dirigen las miradas. En Tintoretto la perspectiva está por debajo oscurecida por el trasiego de la vida. La comunión es sólo un detalle de un cosmos palpitante. ¿Y Jesús, dónde está? Bueno, no es tan difícil como descubrir a Wally, pero se hace buscar. Es que los platos por fregar y el murmullo espiritual angélico hacen más ruido. El Renacimiento empezó como una esperanza de simplicidad y perfección. Pero un siglo después todo se había emborronado y la humanidad prístina se había despeinado y encallecido. Los ángeles ya no bajaban a la tierra sino como fantasmas. Y la luz no ilumina el mundo si se acaban las velAs.

El mundo está lleno de datos y señales y con ello nos hacemos nuestras imágenes. Si se aprende con el ejemplo, no debería ser ocioso prestar atención a las imágenes de otros. Por eso me gusta hablar de “visión del mundo”. ¿Qué dibujo harían nuestros alumnos después de habler hablado largo y tendido de algo y haber conseguido una “imagen” propia mínimamente profunda. Creo que la cultura escolar NO debería acercarse superficialmente a las muchas cosas “que deben saberse” sino familiarizarse suficientemente con algunas.

GRÁFICO

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La gráfica de la población mundial es casi un icono. ¿Cuántos maestros no la habrán explicado, aunque se explica por sí misma? Es un cuadro por sí sólo, pero adquiere más significado si se le pone al lado otro icono (especializado, es cierto) de la cultura: la demografía evolutiva de zorros y conejos. El mundo natural es zona de ciclos. Si empezamos con muchos conejos, los zorros tendrán de golpe mucha más caza y se reproducirán más a costa de la población de conejos (la naturaleza da para lo que da y es bastante fijo). En la gráfica se ve que según baja la población de conejos sube la de zorros, porque éstos se los comen. Y los zórros llegan a morir de éxito y empiezan a desaparecer cuando los conejos escasean. El proceso se equilibra y los conejos vuelven a reproducirse bien cuando hay menos zorros y así podría continuar hasta el infinito si ningún factor externo altera el modelo. Resulta una continuidad natural (animal) relativamente aburrida.

Es cierto que estos gráficos animales representan períodos cortos de tiempo. En los humanos también se ven ciclos de subidas y bajadas si el período es reducido. Pero, mientras las gráficas animales se mantendrían imperturbables al paso del tiempo, las humanas mentienen una tendencia al alza sostenida, a pesar de las recaídas, a lo largo de milenios. Los ciclos dan paso a la Historia.

Lo que se debe comentar más en las escuelas es el espectacular pico final (nos gusta el espectáculo). No obstante, hay mucho de excepcional en esa alza ininterrumpida aunque modesta. Ahí se ve un factor externo propio del ser humano: la inteligencia que le permite al animal humano remontar crisis y proteger proles cada vez más numerosas, al revés de lo que les pasa a los no humanos.

En los últimos 200 años observamos el impacto formidable de la revolución científica, pero, para ser justos, deberíamos esperar a tener la gráfica del año 15.000 para ver la tendencia y saber si va a haber reflujos que estén a la altura (o la bajura). En todo caso, lo que podríamos comentar ahora mismo es que parecemos “estar que nos salimos”. ¿No hay razones para pensar que “Más dura será la caída”?

En cualquier caso, yo no descartaría tener esa gráfica como decoración en la clase al lado de un Velázquez, porque dice mucho de nosotros. Y cada día se nos podrían ocurrir más cosas.

Y no me parece denigrante que la educación recalque al mismo tiempo nuestra animalidad y nuestra excepcionalidad. Son el material necesario para nuestra responsabilidad. Sólo en ese sentido concuerdo con Richard Dawkins en que no eduquemos en dioses y hadas. Creo que el cielo no se conquista, se construye. Y ahí habrá hadas y dioses, cada cual de lo suyo.

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The Laughing Audience by Edward Matthew Ward (1816-1879) from an etching by William Hogarth (1697-1764) made in 1733, watercolour, pen and ink, England, 19th century, Harry Beard Collection. Victoria & Albert Museum no. S.4207-2009

¡Vaya, una película de época! Bueno, épocas hay muchas y ésta es justo una de un final de época. Y dice mucho más que “¡Vaya, una película de época!”, dicho así con la boca pequeña y a punto de pasar a otra cosa.

Apenas hace doscientos años, ocho parientes, cada uno padre de otro. Cualquiera con un poco de paciencia podría seguir la pista de un tatarabuelo del momento. Cincuenta años antes y cincuenta después, esos atavíos habrían resultado extravagantes. No deberíamos extrañarnos en una época de cambios como la nuestra.

Al lado, un grabado que representa un momento algo anterior, un lugar diferente y una clase de gente distinta. Un baile y un teatro. En uno y otro caso “se dicen” un montón de cosas:

Vestir es una necesidad, una función higiénica y una convención social, pero también una fantasía a la que ni hombres ni mujeres se han resistido nunca. Si ha hecho falta, se le han dedicado horas y esfuerzo, como hacen los pavos reales. La fantasía se crea o se compra y en ambas cosas hay algún privilegio: el tiempo, la creatividad, el dinero. Todo depende: ocio, trabajo, representación. Hay privilegio y hay imaginación. Tal vez los primeros neandertales que vieron humanos pintados y adornados por primera vez sintieron una fascinación semejante. ¿Nos damos cuenta de que la industria del lujo es la que siempre sobrevive a las crisis?

Las mujeres son muy distintas en ambas imágenes. Los hombres también, pero son precisamente éstos quienes no renuncian a la peluca. Algo igualaba a los hombres a través de las clases y diferenciaba a las mujeres en mayor medida.

¿Cuánta gente había de trabajar para sostener el fasto de la imagen superior? ¿Qué materiales, qué industrias, qué técnicas? ¿Ha pasado del todo ese mundo?

Decía que el cielo no se conquista… porque no existe. No está en esas “funciones” del lujo. El cielo es algo radicalmente nuevo que nadie sabe qué aspecto tiene, pero seguro que es el lugar donde todo el mundo encontrará su lugar placentero con su realidad y su fantasía yuxtapuestas.


1Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio. Herder Editorial, S.L., Barcelona. iBooks.

2 Íbidem.

Josep Maria Turuguet
Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.