Cristina (lógicamente, no es su nombre real) es una antigua alumna, con la que compartí aprendizaje hace ya muchos años (hoy he calculado que hace 7 años) cuando cursó 3º y 4º de ESO. Cristina era de esas alumnas rebeldes, malencaradas, que estaba casi siempre molestando en clase, que fumaba y que fue expulsada varias veces. Sí, por mí. Dejó el centro cuando repetía 2º de ESO. Como tantos otros alumnos de ese perfil. Calculo, por nuestra conversación en el ascensor y en el aparcamiento de un hipermercado muy visitado por casi todos, que sería el curso 2006-2007.

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Un buen día del principio de curso siguiente se presentó en el centro con su madre, o al revés más bien, porque quería intentarlo de nuevo. Les hicimos firmar un compromiso y, con dudas, la incorporamos al grupo de adaptación grupal que teníamos en el centro como experiencia para poder salvar alumnado que por sus problemas y dificultades tenían muy complicado conseguir el título. Terminó 3º de ESO y consiguió su título en el curso siguiente dentro del mismo grupo al que le dábamos clase profesorado voluntario. Y los miembros del equipo directivo, los primeros.

Los primeros años después de acabar en el centro la seguía viendo por Lebrija, pero sólo nos saludábamos. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no la veía. La saludé en la puerta del ascensor: ¿qué pasa, Cristina? Y su cara se iluminó y me contestó que si me acordaba de su nombre por la guerra que había dado en el instituto. Le pregunté sobre qué estaba haciendo y cuando me estaba contestando me imagino que la cara que se iluminó fue la mía, porque me soltó que este curso que viene termina el Grado de Trabajo Social y que antes había hecho un grado medio y otro superior (de ahí, los cálculos anteriores) y que se acordaba mucho de aquellos dos años en que le ayudamos tanto para conseguir un título que pensaba que no podría conseguir.

Hoy es de esos días en que uno se siente bien con el mundo, con su profesión y con la idea de que lo importante en educación son los alumnos, las personas. Y no el currículo, las normas y otras zarandajas que nos dividen, nos enervan y nos despistan de nuestra principal labor como educadores. Que lo verdaderamente importante es que la Escuela sirva para ofrecer formación adecuada y oportunidades a personas muy diferentes en intereses y capacidades. A todas y a todos.

Gracias, Cristina.

O como te llames.

Gracias.

Manuel Jesús Fernández Naranjo
Licenciado en Geografía e Historia (año 1985), profesor de Secundaria desde 1987 y desde 2003 director del IES Virgen del Castillo de Lebrija. Sus intereses personales son la innovación educativa (PBL, Flipped Classroom, BYOD), la metodología 2.0, la organización escolar, el desarrollo de competencias básicas, la aplicación de las nuevas tecnologías y las redes sociales en el ámbito formativo y la preocupación por la institución escolar. Ha publicado dos libros y diversos artículos de demografía histórica y otros sobre temas educativos en Cuadernos de Pedagogía y Escuela Española.