Siempre he pensado que la Historia es la disciplina que organiza todas las demás. Incluso la ciencia, muy centrada en la causalidad, se fundamenta principalmente en la cronología, la “flecha del tiempo”, nuestra cuarta dimensión. Esto, antes, eso, después. Los principios matemáticos y físicos, intemporales ellos, tienen fecha de entrada en la cultura humana. Lo que somos es lo que hemos hecho, pensado y descubierto. Y, sobre todo, cómo nos hemos tratado.

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Es más, creo que de una comprensión determinada de la Historia se desprende el modelo de educación que daremos a nuestros jóvenes. Según lo comprendió el ministro francés Jules Ferry, o la burguesía francesa postrevolucionaria, la Historia creaba nación, daba a las vidas de los ciudadanos el relato, la “narración” que se precisaba para hacer “grande” la comunidad propia (propia o apropiada). En el fondo, hay que reconocerles mucho instinto pedagógico. Probablemente consiguieron modelar la mentalidad de muchas generaciones. No digo que la historia nacionalista escolar fuera una causa principal de la Primera Guerra Mundial, pero algo ayudó.

Parece que los países coloniales siguieron la pauta de los opresores a los que rechazaban, pues al fin y al cabo eran humanos. Se impuso en todas partes una historia de héroes y batallas y una línea explicativa basada en ellos. Historias de tribus, imperios y naciones. Era lo que se veía.

Creo que la óptica histórica ha mejorado mucho. El mundo se está convirtiendo en un piso pequeño y las puertas han de abrirse tan a menudo que ya conviene dejarlas abiertas. Los inquilinos se van conociendo mejor y no es extraño que se instalen temporal o permanentemente en habitación ajena. Hasta el punto que pronto será difícil establecer lo que es propio y lo que es ajeno. Aunque la propiedad aún delimita derechos locales. Vivimos confiando que no se agujeree una cañería demasiado gorda. Aún falta mucha legislación comunitaria en esta finca.

Digo esto porque la escuela me parece el principal patio común que debería haber. Y eso nos obligaría a replantear la Historia que ve la escuela. Según el ministro Wert (nuestro Jules Ferry actual) la escuela española debería españolizar a los niños catalanes. Las autoridades catalanas responden con la importancia de catalanizarlos. Y yo me pregunto si no hemos aprendido nada, si aún estamos en el siglo XIX. Intentaré explicar por qué creo que la misión de las escuelas en todo el mundo debería ser universalizar a los niños.

Lo local, propio, vernáculo y comunitario se vive, no es urgente enseñarlo. En cambio lo universal requiere que al niño alguien lo alce y le enseñe a mirar con amplitud. Lo catalán, vasco, castellano o gallego está en la calle, en la familia (la lengua es sólo un medio y en ese sentido, todas son universales; no es más universal el castellano que el vasco, sólo más útil). Lo humano es lo lejano, amplio y difícil, ahí es donde la escuela juega un papel. Ahí es donde el “culto” siglo XX, con su historia escolar “culta”, fracasó.

En los últimos años no han cambiado en lo esencial los hechos conocidos, pero sí ha mejorado la composición global de la escena que nos hacemos con ellos. Rectifico, el conocimiento de los orígenes que nos proporcionan hallazgos e interpretaciones recientes han redibujado totalmente la Prehistoria. Una etapa que se solía explicar como una antropología difusa, ahora tiene relato. Tenemos partida de nacimiento y apuntes temporales más precisos. Nacimos en África entre miríadas de primos, algunos ya emigrados, hace 200 mil años. Sobrevivimos a una catástrofe volcánica hace 75 mil años, acumulamos técnica y conciencia y empezamos a dejar cultura en herencia. En grupos distintos llegamos a los cinco continentes. Sufrimos una gran crisis alimentaria de crecimiento hace 12 mil años, pero salimos adelante con más ingenio. Y finalmente descubrimos la tecnología que nos separó definitivamente de la animalidad: la escritura.

Una frase del historiador Felipe Fernández-Armesto, en su libro Los conquistadores del horizonte, me parece fundacional del tipo de Historia que debería hacerse en la escuela. Dice algo así (cito de memoria):

La humanidad empleó doscientos mil años en separarse y sólo lleva quinientos años volviéndose a reunir. No podemos esperar milagros. En esa inmensidad, Carlos III o Jaume I son sólo notas a pie de página, de esas que se descubren o memorizan cuando el relato lo exige.

He tomado parte del título de este artículo de dos historiadores llamados McNeill, padre e hijo, que lo usaron en un libro que tiene más de diez años (Las redes humanas, Crítica, 2004). En una clase de primaria o secundaria donde los alumnos pueden venir de cualquier parte del mundo NO podemos seguir hablando de nuestra historia europea por mucho que se haya convertido en la autopista principal de la cultura. El enfoque de las “redes humanas” me parece mucho más adecuado. Nuestra historia “universal” siempre ha sido una historia europea con apéndices. Miremos desde más arriba.

¿Que separaciones se produjeron en la prehistoria? ¿Qué luces culturales empezaron a iluminar, aquí y allá, el mundo en la antigüedad? ¿Qué aportaba cada una? ¿Cuáles eran los costes de que millones viviesen juntos? ¿Qué crisis se produjeron en esas primeras culturas desde sus orígenes y hasta el principio de la modernidad? ¿Dónde y cómo empezó la modernidad, para bien y para mal? ¿En qué batallas justas y tramposas la civilización venció a la barbarie? ¿Qué tienen la barbarie y la civilización que justifiquen el mito del “buen salvaje”? ¿Qué prodigios y qué miserias definen la modernidad? ¿Qué futuros podemos imaginar?

Creo que ésos son los temas adecuados para una historia escolar, una Historia que no sirva para dar lustre o identidad a una persona sino para dar futuro a toda la humanidad. Una historia que pueda narrarse y discutirse en aulas en que se junten europeos, africanos, asiáticos y americanos. Una historia en la que todos se encuentren a sí mismos y puedan entrever su papel en el futuro. Una historia para actores y no para figurantes.

Porque si hay una plaza pública de la Humanidad, una plaza no ocupada por nadie y donde todos se juntan, ésa es la escuela. Aquí, en Djakarta y en Lima. La escuela es territorio neutral para todas las religiones y todas las ideologías, visiones del mundo al cabo. Allí, el alumno se representa a sí mismo y el profesor a toda la humanidad. Ahí se crea la voluntad política que puede impregnar a nuestros políticos para que pacten esas leyes que nos hagan justicia a todos. La escuela no es cristiana ni musulmana, pero tiene un espacio para la navidad y el ramadán. Ahí estará cada cual en función de sí mismo y la escuela con todos (cuidado, no digo que la escuela deba “trabajarlo” todo, sino ceder el espacio a todos). Se puede ser catalán, vasco o gallego, aymara o tamil, cada cual debe preservar su lengua y ojalá lo consiga, pero en algun momento debemos alzar nuestra mirada a una altura universal. Y el horario escolar es quizá el mejor momento, el que perdurará.

Es en este sentido en que creo importantísima la escuela para el futuro de toda la Humanidad. Ni Obama ni Putin ni Jinping ni Mukherjee ni Juncker ni Abe ni Rouseff tienen una gran voluntad especial salvo aquélla a la que les empujemos. Si conseguimos unos mínimos en el consenso de convivencia universal, ésa será su voluntad (y la de sus sucesores). Para eso la escuela debe crear ciudadanías ponderadas en todo el mundo. Aunque sea una tarea heroica.