“Dios dio el lenguaje a los seres humanos para que se contarán cuentos”

Anónimo

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Espero no pertenecer a la última generación que tuve la experiencia de tener adult@s que le contaban cuentos como parte natural de su infancia. Estas memorias todavía están guardadas como pequeños tesoros en mí ser.

Lo interesante es que no son los cuentos en sí lo que recuerdo, sino la experiencia en su totalidad: la sensación de confort y seguridad, la conexión con la persona que me los contaba, el deleite en ver el cuento desplegarse en mi imaginación, la confianza de saber que todo acabaría bien al final. Y luego, también, como estos cuentos aparecían en mis juegos, mis dibujos, mis pensamientos. Puedo decir que algunos de los personajes de estos cuentos fueron mis primeras referencias como modelos de comportamiento

Aunque en estas memorias se mezclan cuentos leídos y cuentos contados, siento con certeza que fueron los cuentos contados los que generaron las memorias más vívidas, más ricas, más significativas. Hay una diferencia enorme entre leer y contar un cuento, y espero poderme acercar a la esencia del porqué.

En la historia de la evolución de la humanidad encontramos culturas milenarias que no tenían todavía la escritura. Incluso con la aparición de la escritura, la gran mayoría de la  población no la utilizaba o ni siquiera la conocía hasta una época relativamente reciente. Esto quiere decir que la cultura, en el sentido de todo lo que da cohesión a un determinado grupo social, se transmitía a través de la palabra.

El lenguaje es, sin duda, una facultad que distingue el ser humano de todos los demás seres vivos. Esto no quiere negar el hecho que otros seres vivos tengan la capacidad de comunicarse, pero el nivel de precisión, complejidad, riqueza y poder evocativo del lenguaje humano es digno de asombro.

Rudolf Steiner, el eminente filósofo austriaco impulsor del movimiento de escuelas Waldorf, dice: “…la historia de la formación del lenguaje origina cualidades en el alma del ser humano. Es realmente imposible llegar a una comprensión del vocabulario de cualquier lengua moderna sin entender la naturaleza de su alma… Cuanto más lejos vayamos en la historia de la humanidad, más vida hallamos en todo lo referente al lenguaje, tanto en la fuerzas del alma humana como las fuerzas que moldean el cuerpo del ser humano… Una comprensión del ser humano puede guiarnos hacia el íntimo descubrimiento de cómo el sonido del habla está conectado con aquello que más deseamos revelar del alma y el espíritu.”

En muchas culturas, las palabras eran consideradas mágicas, dotadas de un poder misterioso y digno de respeto. “Ser de palabra” significa ser fiel y consecuente con la realidad que las palabras han definido. Cuando el lenguaje se convierte en cuento, realmente podemos tocar su fuerza mágica y creadora.

En las culturas ancestrales, como la de Irlanda, los bardos ocupaban un lugar de prestigio en la sociedad, precisamente porque ellos guardaban en su memoria, a través de los cuentos, la memoria colectiva: los sucesos, las leyes… pero también las leyendas y la mitología creadora. Los bardos eran temidos porque, a través de sus palabras, podían traer suerte o desgracia; tenían el poder de humillar un cacique y quitarle su dignidad. Los druidas, en cambio, conocían los secretos del mundo natural y espiritual (que en aquellos días no eran distintos), ya que conocían los nombres secretos de los elementos, y poseer un nombre quiere decir tener poder sobre la esencia de lo nombrado. Un hechizo se produce a través de la palabra, actúa de forma sutil sin embargo poderosa sobre el destino del encantado.

En su libro “En ausencia de lo sagrado”, Jerry Mander nos deja un testimonio muy interesante de la cultura oral de los Dene e Inuit del norte de Canadá. En sus entrevistas con algunos miembros de los clanes de estas tribus, que llegan a formar hasta 26 comunidades, escuchamos los recuerdos conmovedores de una época pasada: “Cuando era pequeña, nos contaban los mismos cuentos una y otra vez, y al final pedíamos que nos los contaran una vez más. Y cada uno contaba el cuento un poco diferente. Todas las abuelas y los abuelos estaban en ello. Los ancianos eran buenísimos al contar cuentos. Tenían una amplitud y nivel de lenguaje que mi generación ya no tiene. Tenían un arte muy refinado, proyectaban sus cuentos no sólo con la voz, sino con todo el cuerpo: así que cada vez que los escuchabas, escuchaba algo nuevo”.

Hay un nivel consciente y uno inconsciente al contar cuentos. Las leyendas son instrumentos que ayudan a crecer de alguna manera. Lo que cuenta es la fuerza de las emociones en la experiencia. En este testimonio ya podemos empezar a entender por qué contar un cuento es totalmente distinto a leerlo.

Cuando estamos implicadas en el acto de contar, la calidad de nuestra presencia es determinante. Cuando contamos un cuento estamos despiertas, nuestra atención está activamente desarrollando el cuento y a la vez está conectando con los oyentes. Sin un libro en medio, podemos fijarnos en las expresiones, las reacciones… incluso la respiración de todos los participantes. Y consecuentemente responder a ellos. Se genera un vínculo emocional que nos une y nos permite vivir estos momentos profundamente juntos. Sin un libro en medio, nuestros cuerpos están libres y activos, nuestra intuición está conectada con el ahora, nuestra mente es ágil y puede responder a los estímulos presentes. El cuento se convierte en un ser vivo, que nos incluye y nos transforma, y a la vez es transformado por nosotras.

Contar cuentos es un acto que genera cohesión a nivel emocional y cultural, y también favorece la integración de emociones, vivencias y conocimientos. El cuento, y la experiencia de escuchar/contar, actúan sobre las distintas partes de nuestro celebro generando integración y un estado de bien estar. El cuento, por su naturaleza, no sólo estimula las partes del cerebro que decodifican las palabras… ¡sino que también activa cualquiera de las partes que se activarían si estuviéramos experimentando los acontecimientos del cuento en la realidad!

En nuestra cultura actual considero la recuperación del arte de crear y contar cuentos como un acto necesario de sanación y de afirmación de todo lo que es válido y poderoso en el ser humano. Una acción en favor de la sabiduría ancestral de nuestros antepasados y un límite al impulso de alienación por el cual muchos individuos, grandes y pequeños, sufren en nuestra sociedad.

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