La formación de los formadores es una de las muchas cosas que el aprendizaje-servicio (ApS) ha puesto patas arriba. En efecto, formar ya no es lo que era.

El enfoque academicista –basado estrictamente en impartir conocimientos y que luego la gente se espabile– es claramente insuficiente a la hora de capacitar a los educadores para sacar adelante proyectos ApS.

En realidad es claramente insuficiente también para otros menesteres, pero el caso es que el ApS desvela en un plis plas la obsolescencia de este enfoque.

Modo tradicional

La manera tradicional de impartir formación a los educadores quizás ha garantizado una sólida coherencia en los criterios educativos, en la difusión de cultura pedagógica y, siendo muy optimistas, en la construcción colectiva de conocimiento, pero pone de manifiesto importantes limitaciones.

Cuando la formación no es obligatoria, como es el caso de los cursos y talleres de aprendizaje servicio, el academicismo se traduce en subordinación a la demanda espontánea; no se vincula la actividad formativa al compromiso de desarrollar proyectos y se desencadenan procesos muy lentos.

Por ejemplo, se puede abrir un curso sin saber exactamente quién se va a apuntar, si se va a llenar o no y, por tanto, si finalmente se va a impartir y si va a valer la pena invertir el esfuerzo que representa. El eje del curso, por tanto, son los contenidos y no las necesidades de los destinatarios.

¿Hay un enfoque más tradicional que éste?

OTROS RETOS


Muchos formadores entienden que su trabajo es ofrecer actividades de formación de alta calidad, pero aplican el concepto calidad exclusivamente a los aspectos didácticos y de contenidos de los cursos. La verdad es que se pueden hacer maravillas, incluso espectaculares, imaginativas y divertidas y que luego todo quede en agua de borrajas, sin apenas impacto en el centro educativo.

La calidad también está en otros retos, como asegurar que los contenidos se van a aplicar o por lo menos a intentar aplicar; o que éstos responden a las necesidades y perfil de los destinatarios.

El ApS ha puesto de manifiesto la necesidad de un nuevo perfil de formador. Ya no se trata sólo de impartir con calidad cursos de ApS, sino también de sumar, a la capacidad docente, la capacidad de hacer crecer los proyectos ApS y, por tanto, la capacidad de provocar un impacto en el territorio.

Es decir, se trata de contar con personas formadoras también expertas en animar, asesorar, seguir, dinamizar … y prácticamente asegurar que los proyectos se llevan a cabo.

El nuevo formador en ApS no se conforma con distribuir y dinamizar conocimientos y habilidades, sino que también destina energías –y muchas!– a que “las cosas pasen de verdad”: la formación debe dar un resultado tangible, concretado en que los docentes se implican en un proyecto real y lo desarrollan, aunque sea una vez.

PEDAGOGÍA DE LA ACCIÓN

¡Una formación sólo orientada a aumentar la cultura pedagógica de los educadores no tiene sentido en el ApS, que es una pedagogía de la acción, de la experiencia, del servicio, del trabajo …!

Con el aprendizaje-servicio las necesidades de formación han madurado y hasta cierto punto se han sofisticado. Cada vez más se requiere un perfil de asesor comprometido y no tanto el del experto en una disciplina, que imparte un curso o un taller y, luego, si te he visto no me acuerdo.

Esta persona asesora-comprometida –¡tenemos que inventar un nombre nuevo!– traza estrategias como mínimo en cuatro ámbitos:

1

En estimular la demanda de formación

Al detectar en su entorno próximo centros educativos y entidades sociales con posibilidades de desarrollar ApS y acordar con estos actores actividades formativas adecuadas a sus necesidades. El formador ya no “levanta la persiana” y espera que pase gente a comprar la formación, sino que se avanza, propone y seduce.

2

En hibridar la formación de ApS

Y mezclar sin complejos a los docentes con los profesionales y voluntarios de las entidades sociales. Buscar públicos heterogéneos, mezclando los dos sectores en los cursos, talleres y jornadas; consolidar contenidos básicos con criterios y recursos comunes; y exigir un proyecto ApS aplicable, como resultado de la formación. No se entiende la formación sin un producto final concreto.

3

En asesorar

A los diversos perfiles de actores educativos y sociales, ayudando proactivamente a identificar y sistematizar proyectos ApS embrionarios que ya están impulsando; a replicarlos en diferentes contextos; a conectarlos con experiencias o enfoques que pueden enriquecerlos.

4

En difundir el ApS

En el territorio, buscando el máximo impacto en redes y sectores con capacidad multiplicadora. Contactar y sembrar el ApS en federaciones de escuelas y movimientos educativos, redes de voluntariado, plataformas y federaciones de asociaciones de cooperación, medio ambiente, inclusión, participación ciudadana, cultura popular, etc.

Para el formador de formadores todo ello representa un reto en cuanto a habilidades didácticas y relacionales, disponibilidad de agenda y compromiso personal y profesional.

¡Sin duda, el enfoque academicista

era más relajado!

¿FORMACIÓN ENCORSETADA?

Tengo la suerte inmensa de conocer un buen número profesionales de los centros de formación del profesorado que están cambiando el paradigma de la formación encorsetada. Los de Cantabria, Donostia, Valencia, L’Hospitalet de Llobregat, Nou Barris, Horta, Sant Martí, Gijón, Zafra, Almería, Ferrol, Brozas, Granada… ¡y me dejo un montón!… han sido los pioneros en abrir este camino.

Se han enfrascado en un proyecto formativo que sale sin concesiones de la zona de confort. Han traspasado con creces los límites academicistas y se han puesto a impulsar el aprendizaje-servicio con las herramientas que les son propias, que son la formación y el asesoramiento desde sus instituciones.

Además, si bien lo podrían hacer solos, cada uno en su lugar, en su territorio, lo comparten y disfrutan trabajando en red, sabiendo que sería más difícil, pero también infinitamente más enriquecedor.

Ésta es la formación que alimenta y

transforma el entorno