Muchísimas veces hablamos en medios y tertulias educativas sobre el derecho, y  el compromiso, que las familias tienen a participar en la educación de sus hijos. Es público y notorio el desapego que existe entre familia y la escuela, siendo, como lo son, dos instituciones condenadas, no sólo a entenderse, sino también a quererse.

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¿Se puede concebir una escuela sin la participación de la familia? Hace mucho tiempo que la respuesta está dada: para educar a un niño se necesita toda la tribu entera. Aún así,  hay una sensación generalizada que,  curso tras curso, ley educativa tras ley educativa, la fractura familia-escuela es mayor.  Todos los actores educativos somos conscientes  que esta situación es contraria a nuestros objetivos y  que  supone una merma en la calidad educativa, además de un freno en la mejora y el cambio de la educación que esta sociedad está demandando.

Ha sido muy interesante la lectura del prólogo que,  José Luis Gaviria, catedrático de MIDE en la UCM, hace al documento sobre Participación de las familias en la educación escolar (2014) publicado por el MECD  y editado por el Consejo General de Estado. Me ha hecho reflexionar sobre un tema nada baladí relacionado con la participación escolar: ¿Son las leyes educativas las que deben proporcionar a las familias el derecho a la participación escolar relativa a sus hijos o, por el contrario, la intervención en la escuela es un derecho natural que se tiene por el hecho de ser los padres de la criatura? Dicho de otro modo: ¿Son las familias las que permiten que sus hijos sean educados por la escuela  o es la escuela la que deja a la familia participar en la educación escolar de sus hijos? He recordado la entrevista que mantuve con una pedagoga recién llegada de Perú que deseaba educar a sus hijos en casa y le comenté las dificultades “legales” que tendría: paradojas de la administración.

Gaviria relata cómo la intervención del Estado en la educación de los ciudadanos, es decir, la asunción de funciones educativas por la escuela y su regulación, es un invento muy moderno ya que si nos remontamos unos cuantos decenios hasta las sociedades preindustriales, la responsabilidad de la educación (entendida como transmisión de valores y conocimiento práctico) la poseía la familia, compartida con la sociedad, la cual contribuía a la aculturación y la socialización de los niños. ¿Cómo es posible que las familias ahora deban “luchar” para hacer prevalecer sus derechos e intervenir en la educación escolar de sus hijos?

La participación de la familia en la educación de sus hijos no puede ser concebida como un derecho que le ha sido concedido graciosamente por un depositario externo”

Quizás sea necesario iniciar un proceso de cambio en el que se insista en la superación de una idea: que la implicación de las familias en la educación de los hijos deje de ser un asunto complementario de la educación y lo transformemos en un elemento central para los intereses que nos reúnen.

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IDEAS CLAVE

LA PARTICIPACIÓN: DE DERECHO OTORGADO A DERECHO PRIMIGENIO

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En una sociedad democrática no es posible la existencia de la educación sin la participación de la familia: la voz de toda la comunidad es suma educativa.

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La sociedad competencial del futuro no logrará desarrollarse en una escuela en la que se ignore la implicación de la familia: El desarrollo de competencias participativas es esencia de hoy y clave del mañana.

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Las leyes educativas no pueden quitar, limitar ni mermar a los padres y madres el derecho natural a decidir, participar e implicarse en la educación de sus hijos: la participación como un derecho otorgado es una burla institucional a los ciudadanos.

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Las experiencias evidencian que la participación directa en el centro y en el aula de las familias, mejora la eficacia de los aspectos instrumentales de los aprendizajes: la presencia y participación de los padres en todas las líneas de decisión educativa, no sólo es sana si no que, además, es eficiente.

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La participación de los padres, más que  un derecho individual y una responsabilidad compartida, es  una necesidad social que dota  de calidad y equidad al sistema educativo.

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PLANES

                   DE ACCIÓN PARA EL DESARROLLO DE UNA BUENA RELACIÓN            FAMILIA-ESCUELA

En esta relación hay dos actores: familia y centro educativo. Para que cualquier relación funcione es necesario una premisa: que ambos partenaires tengan interés en promoverla y mantenerla. La relación que acabamos de enunciar es especial y tiene unas características singulares: a) es jerárquica (uno de ellos ostenta el poder; b) se produce en terreno no neutral (el centro educativo) y c) es asimétrica (uno de ellos es profesional y tiene la técnica). Con esta situación de partida, cualquier cambio que se proponga en las relaciones de la comunidad educativa deberá ser promovido a iniciativa del centro pero en diálogo y consenso con las familias.  

Proponemos aquí el esbozo de tres planes a desarrollar por los centros educativos para la mejora de las relaciones familia-escuela a partir de los tres pilares que la soportan: participación, comunicación e implicación.

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Plan para la participación comisionada que complemente a la participación Orgánica.

Desde los centros se pueden proponer vías de participación que superen las clásicas y propongan un nuevo encuentro. Es evidente que la participación orgánica, establecida por Consejos Escolares y Asociaciones de  Madres y Padres, se ha demostrado obsoleta por varios motivos:

Las familias la perciben como una relación vertical y claramente desequilibrada.

Su estructura representativa consigue en padres y madres el efecto contrario al de la participación: la dejación de funciones propias en manos del “representante”, eliminando el  compromiso personal y directo de cada uno.

– Los profesionales ( profesores y personal de servicios) ven a los representantes de los padres más como un reflejo del más rancio sindicalismo (corporativo y controlador) que como compañeros de un mismo barco, de “la misma empresa”: ambiente de desconfianza y recelo entrambos.

Crear comisiones mixtas y variadas para la participación, es apostar por una red amplia de personas pertenecientes a la comunidad educativa, en la que todos suman su esfuerzo personal en una colaboración  horizontal, cooperativa  y voluntaria. Se trata de un compromiso sin ataduras, que diversifica, da oportunidades a todos y satisface el deseo de compromiso de las partes implicadas. Una escuela que abre, ofrece y acoge posibilidades.

Potenciar acciones de  micro-política educativa, cercana, directa y personalizada de participación, implica generar procedimientos para que todos los miembros de la familia cuenten con voz en el centro, principalmente la de aquellas familias más alejadas por cuestiones personales , sociales o culturales.

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Plan de Comunicación  que proporcione fluidez al proceso de transmitir ideas e información acerca de asuntos de interés de la comunidad educativa y relativos a cada uno de sus miembros.

Los centros pueden diseñar planes de comunicación que transciendan las clásicas reuniones de tutoría y abran la comunidad a un proceso comunicativo intenso, plural y transparente. No se trata solamente de dar publicidad o de promocionar un programa, sino de comunicar los verdaderos intereses de la comunidad educativa y de cada uno los ámbitos que la componen.

No debería haber ningún centro educativo sin un plan de comunicación propio, singular y adaptado a su  contexto, como  una forma especial de poner cristaleras y altavoces en los centros y mostrar lo que hacemos para invitar a entrar, a venir, a estar orgullosos y satisfechos, a promocionar los éxitos, a disfrutar…

Es imprescindible la creación de espacios y tiempos de comunicación compartida alternativos, que amplíen el concepto vertical y monolítico de las reuniones grupales de principio de curso o las individuales de tutoría a los largo del mismo. Unos espacios comunes y compartidos con todos los participantes en los procesos educativos, donde aprendamos todos a través de un lenguaje cercano y nada técnico. Y unos tiempos flexibles  que posibiliten caminos de ida y vuelta, feed back comunicativo y escucha activa por ambas partes. En definitiva se trata de abrir canales de comunicación formal e informal que desatranquen los recelos, las medias palabras y la jerarquía comunicativa y nos hagan avanzar a todos hacia un estado competencial superior: la comunicación.

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Plan para la implicación.

Implicación es sinónimo de motivación. Un plan para implicar y motivar al trabajo conjunto a familias y profesorado exige de una estrategia que atraiga hacia experiencias de aprendizaje comunes y compartidas a toda la comunidad educativa: la pregunta.

Un modelo alternativo al de la petición de colaboración para el desarrollo de propuestas cerradas, de visión única. Los centros proponiendo consulta a las familias, a los alumnos, a los profesores sobre  qué, cómo y cuándo quieren aprender y a las familias sobre el cómo y cuándo pueden participar.

En definitiva, modelos de participación que, rompiendo (o no) con lo establecido, promuevan iniciativas que no vengan impuestas ni legisladas. Propuestas contextualizadas, imaginativas, creativas, innovadoras y por qué no, alternativas y disruptivas.

La escuela necesita querer a las familias, y las familias deben querer a la escuela: el futuro de sus (nuestros) hijos está en juego.