TI

Tiempos interesantes…

¿o malditos?

Te deseo que vivas tiempos interesantes”. Se dice que es una maldición china. Y creo que alguien con bastante poder la ha lanzado sobre nuestro sistema educativo y sobre cada una de nuestras escuelas. Maestros, alumnos, familias… todos estamos viviendo “tiempos interesantes”, convenientements amplificados por los medios de comunicación.

Recientemente se han popularizado expresiones como “cambio de paradigma”, “revolución educativa”, “innovación”, y su llegada ha sido saludada por algunos con alegría —incluso con alivio— y por otros con socarronería o rechazo sin paliativos. Sea como sea, no me preocupa tanto la aparición de metodologías, propuestas, iniciativas… como la actitud que las acompaña. Por eso, creo que nos han maldecido, porque a menudo la actitud es de arrogancia, y se me ocurren pocas cosas menos educativas. De hecho, me temo que la escuela puede llegar a convertirse en un campo de batalla entre dos arrogancias: la Arrogancia “fósil” y la Arrogancia “tsunami”.

ARROGANCIA FÓSIL

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Arrogancia “fósil”,

porque “siempre se ha hecho así”

La Arrogancia “fósil” se caracteriza por considerar que lo que “siempre se ha hecho así” es inamovible, que la “tradición” está escrita en piedra y hecha para perdurar por los siglos de los siglos, y por eso mira con condescendencia y desprecio cualquier cambio. Al Arrogante “fósil” le gusta decir que “los experimentos, con gaseosa”, o “esto no se ha hecho nunca”, o “esto ya lo estamos haciendo”, o “esto ya lo hemos probado y no funciona”, o “esto es una moda, como tantas otras”

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El Arrogante “fósil” no tiene por qué ser un educador de edad (hay “fósiles” muy jóvenes), pero, tenga la edad que tenga, le gusta quedarse quieto en su estrato geológico. A menudo considera que su asignatura es, no ya la mejor, sino la única, y por eso los alumnos deberían estudiarla, sin importar si está o no conectada con la realidad ni, por supuesto, si el profesor hace algún esfuerzo para motivar el aprendizaje.

Porque para la Arrogancia “fósil” el maestro es el centro, no ya del sistema educativo, sino de todo el Universo, y por eso no se equivoca nunca y tiene derecho a refunfuñar siempre. Arrellanado entre capas y capas de tradición polvorienta, la Arrogancia “fósil” se siente segura, convencida de que, al final, se demostrará que su “era” es, y siempre será, la más importante.

La Arrogancia “fósil” da mucha rabia, porque la tierra que la rodea es una tierra estéril, donde no crece ninguna semilla educativa.

ARROGANCIA TSUNAMI

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Arrogancia “tsunami”,

porque no sirve nada de “lo de antes”

La Arrogancia “tsunami”, en cambio, se caracteriza por el cambio constante, y por presentar propuestas que, sobre todo, tienen que ser lo contrario de cualquier cosa anterior. Si alguna metodología ya se había utilizado anteriormente, la Arrogancia “tsunami” considera que no puede ser buena.

Por eso los Arrogantes “tsunami” hablan mucho de recuperar el “tiempo perdido”, tiempo protagonizado —se entiende— por educadores incompetentes, incapaces de llevar a cabo una auténtica tarea educativa. Por eso a ellos les gusta decir que se está viviendo un “tsunami educativo”, imparable, que arrase todo lo que había “antes” –porque, por definición, seguro que estaba mal hecho—.

El Arrogante “tsunami” parte a menudo de su propia –mala— experiencia en la escuela, y extrapola la conclusión de que si a él le fue mal, al resto también, y eso justifica cambiarlo todo. Al Arrogante “tsunami” le encanta decir aquello del médico del siglo XIX que no sabría qué hacer en un quirófano actual, mientras que un maestro del mismo siglo se encontraría tan a gusto en cualquier aula.

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El Arrogante “tsunami” tiene unos “enemigos” naturales: la memoria, la pizarra, la tarima, y cualquier disposición de pupitres —concepto también odiado— más o menos alineada. Si al Arrogante “tsunami” le sueltas de repente “¡clase magistral!” cae al suelo con convulsiones y espumarajos en la boca.

La Arrogancia “tsunami” dice que el maestro tiene que ser un “acompañante”… pero bueno, si no está, tampoco pasa nada: al fin y al cabo, el alumno, en el centro, ya lo aprenderá todo competencialmente y por proyectos y en equipo. El Arrogante “tsunami” está muy seguro cabalgando en la cresta de la ola mediática que amplifica todas sus propuestas y le ríe todas las gracias. Y si alguien se atreve a poner alguna pega, se le acusa del peor crimen: ¡no ser capaz de salir de la “zona de confort”!

La Arrogancia “tsunami” da mucha rabia, porque su prepotencia, su ego descomunal, no deja sitio para ninguna relación educativa auténtica.

HUMILDAD

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Contra la Arrogancia,

Humildad

Creo que la Arrogancia, cualquier Arrogancia, nos aleja de la escuela como espacio humano, de la escuela que salva vidas, donde tiene lugar el milagro de la educación, un milagro que pide, sobre todo, Humildad. La Humildad de los grandes sabios, que comparten su saber con generosidad y entusiasmo. Cuando hay Humildad, no importa si la propuesta es “nueva” o “vieja”, ni si se hace por primera o enésima vez, ni quien está “en el centro”. Cuando hay Humildad todos están dispuestos a enseñar y, sobre todo, a aprender. La Humildad no es fundamentalista, no hace de nada un valor absoluto que hay que aplicar a todo el mundo indiscriminadamente, porque cuando hay Humildad no se menosprecia –porque sí- ningún educador, ninguna estrategia, ninguna escuela, ninguna innovación, ninguna tradición.

Liberémonos de la maldición de unos “tiempos interesantes” llenos de Arrogancia y dejemos que la Humildad transforme nuestras escuelas…

¡Y a todos y cada uno de los miembros de la

comunidad educativa!

  • Claudia

    Wuau! Qué locura! Y los docentes estamos justo allí, pertenecemos a un bando o al otro. Creo que lo mejor es amar la docencia y hacer lo mejor en beneficio de nuestros estudiantes. Ánimo maestros!!!

  • Débora KOZAK

    Muy interesantes conceptos Juanjo!
    Has explicado de maravilla las tensiones que se dan en la escuela para producir cambios, encarados por “los unos y los otros”.
    Un abrazo!
    Débora