DE FORMA DIFERENTE

Las relaciones personales están cambiando, y es que, aunque no hemos dejado de sociabilizarnos, muchos lo están haciendo de forma diferente.

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La inclusión laboral de la mujer y su liberación sexual –aunque es algo, huelga decirlo, en lo que queda mucho por avanzar– ha dado la posibilidad, sin distinción de género, de elegir con quién estar y sobre todo, dejar de estar.

La crisis económica y sus coletazos han hecho que una buena proporción de jóvenes, con un concepto de cómo debían ser sus vidas y recursos, se sientan más frustrados e inseguros de lo que cabría esperar, lo que se ha sumado al siempre presente miedo al dolor de una posible ruptura.

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Está evolucionando también la manera en la que nos conocemos –presentarse a alguien en un bar parece tender al desuso–. Como pasa con otros servicios, productos y mercancías, contactar por primera vez con personas por Internet –ya sea con fines románticos o sexuales– es más cómodo y rápido. Los españoles se sitúan a la cabeza de países europeos en la utilización de este tipo de intercambio (a la hora de hacer uso de las diferentes webs que lo ofertan). Así, por ejemplo, según datos facilitados por Tinder España, se producen 15 millones de movimientos dactilares al día. Pero es una tendencia global, la app estadounidense, que opera en 196 países y está disponible en 30 idiomas, declara haber superado los mil millones de coincidencias en su breve historia.

Miedo

al dolor de una posible ruptura

Somos pues, en estos asuntos, en términos generales, más consumistas, virtuales, miedosos e inseguros; pero contamos con mayor número de posibilidades y comodidades, es decir, el caldo de cultivo idóneo para lo que definió Zygmunt Bauman como amor líquido, aquel para el que la autonomía, el individualismo y el mercantilismo se imponen a los sentimientos; o, dicho de otra manera, relaciones con fecha de caducidad, en las que los implicados: mercenarios, terroristas o suicidas emocionales –según se mire– independientemente de conocerse en modo presencial u online, se ‘usan’, quizás hasta se ‘gusten’, pero no se enamoran –o eso creen–. Esclavos de su libertad.

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Se usan, quizás hasta se gusten, pero

no se enamoran

No se trata de hacer una apología a la misantropía. Que las sociedades cambien es algo inevitable –como lo es el miedo al fracaso–, y que haya más opciones solo es positivo; pero es un hecho que, de entre todas, sin haber fórmula secreta y exacta, hay y habrá solteros y parejas felices.