Yo sé un himno gigante

y extraño

(Reflexiones sobre la enseñanza de la poesía en la ESO)

REMOTO Y ARCAICO

Como todo el mundo sabe, vivimos en una sociedad cada vez más prosaica, en un mundo donde la poesía brilla por su ausencia, donde lo poético está relegado a cenáculos minoritarios en los que los poetas más bien parecen miembros de una secta rara y extraña, cuyas voces se pierden entre la maraña de “tuits”, mensajes en Facebook y otras redes sociales, donde los jóvenes y no tan jóvenes comparten fotos, textos y demás experiencias vitales.

Así, la poesía se ha convertido en nuestros días, no ya en ese “arma cargada de futuro” de la que hablaba Celaya, sino en algo que a los más jóvenes les parece remoto y arcaico, algo lejano, muy apartado de sus intereses y su vida cotidiana. De esta manera, los profesores de lengua castellana y literatura que impartimos clase en la ESO nos encontramos con un problema a la hora de enseñar poesía a nuestro alumnado y no es otro que el poco interés que suscita esta materia entre los jóvenes de entre 12 y 16 años.

Cada vez vengo observando con más frecuencia en el día a día del trabajo en el aula que cuando comienzo a hablar de los sonetos de Garcilaso, de las ninfas que salen de los riachuelos de aguas cristalinas, de pastores idílicos esparciendo sus cuitas a los cuatro vientos, mis alumnos empiezan a poner unas caras muy extrañas, con unas miradas que parecen preguntar en silencio:

¿Pero de qué nos está hablando este tío?…

¿Pero estos poemas del tal Garcilaso están escritos

en castellano o en una lengua arcana e indescifrable?…

¿Qué coño significa eso de

“marchitará la rosa el viento helado”?…

Y mil preguntas más, que –seguro– se harán cada vez que afrontamos en clase de literatura el comentario de un poema.

NUEVAS ESTRATEGIAS

Desgraciadamente esto es así y miles de profesores de secundaria certificarán lo que digo. Por lo tanto, ante a este panorama y la poca ayuda que tenemos desde la propia sociedad y los medios de comunicación para tener a receptores con predisposición hacia lo poético y poder transmitir el placer por la lectura de poesía, resulta necesario introducir nuevas estrategias pedagógicas en el aula para hacer de la enseñanza de la poesía algo más excitante y que atraiga más a los alumnos a este maravilloso mundo de lo lírico.

Pero sin embargo, las actividades realizadas en el aula y recomendadas por la gran mayoría de libros de texto, se centran mucho más en los aspectos formales del poema y están basadas en una metodología tradicional, centrada en la figura del docente, muy poco participativa, donde no se produce interiorización ni implicación personal del alumnado y donde las actividades ni los textos están relacionadas con su vida diaria y sus intereses personales. En definitiva:

NO hay conexión real entre la materia que impartimos

y los intereses de nuestro alumnado

Ante la necesidad de conectar los textos poéticos con la realidad que rodea al alumnado y hacer de la lectura de poesía un placer, resulta necesario en primer lugar que los propios docentes nos planteáramos reconocer el hecho de que un gran número de nosotros no somos lectores habituales de poesía, por lo tanto:

¿Cómo podemos inculcar interés entre nuestros alumnos si somos los primeros a los que la poesía no nos interesa?… Está claro que el alumnado tiene que percibir que tú sientes pasión y entusiasmo por lo que estás enseñando, que te gusta y que quieres que ellos y ellas compartan esta pasión.

Una vez reconocido que no podemos enseñar sin sentir pasión por lo que enseñamos, y que debemos de convertirnos, primero, en buenos lectores de poesía, antes de ser buenos “profes” de literatura, nos centraremos en algunos aspectos que, bajo mi punto de vista, habría que introducir en la enseñanza de la poesía en el aula.

Uno de estos aspectos a tener en cuenta es sin duda la elección que el profesorado hace de los textos a comentar. Los docentes nos tenemos que convertir en buenos “hacedores” (usando un término muy borgiano) de antologías poéticas. Tenemos que ser capaces de seleccionar textos poéticos más cercanos a los intereses de los más jóvenes, es decir, ser capaces de ver qué les interesa y buscar textos poéticos apropiados a esos intereses.

De esta forma los textos con contenido erótico, satírico y humorístico resultan muy válidos para conseguir nuestro objetivo. El humor es un buen aliado para inculcar el gusto hacia lo poético.

CON UN POCO DE IMAGINACIÓN

Otro aspecto a tener en cuenta es la diversidad en las actividades que planteamos a la hora de enfrentarnos a la lectura y comentario de un texto poético en clase. Olvidamos que no sólo existe la lectura (la cual, además, ofrece muchas posibilidades como, por ejemplo la lectura a varias voces, jugando con la entonación, el volumen, etc.), la memorización y el comentario de texto, sino que pueden realizarse un sinfín de actividades de manipulación y producción de textos capaces, sin duda, de motivar al alumnado.

En efecto, con un poco de imaginación y teniendo en cuenta los diferentes elementos que convergen en un texto poético no sería difícil establecer actividades a partir del género y de la secuencia textual (transformar el texto de un género o de una secuencia a otros, por ejemplo, transformar el texto de un horóscopo o de un anuncio publicitario y convertirlo en un poema). También podemos jugar con el grado de formalidad del lenguaje de los poemas que seleccionamos.

Casi siempre solemos presentar poemas de registro formal y culto a nuestros estudiantes, cuando la poesía actual los ha trascendido completamente (las letras de las canciones de rap, por ejemplo.)

COMO PAPAGAYOS

Otro de los aspectos que se nos olvida a la hora de enseñar poesía es el de la libertad de interpretar los textos. Se ha dicho que uno de los grandes valores de la poesía es, precisamente, la actitud activa que toma el lector en su interpretación, la multiplicidad de recepciones que permite un poema, pero aunque esto parece asumido a nivel teórico, en la práctica del aula, muchos profesores siguen imponiendo una lectura unívoca que corta la participación activa del alumnado.

Con esto no estamos fomentando la libre interpretación porque sí y si ningún tipo de canalización por parte del profesorado. Está claro que “las perlas de tu boca” es y seguirá siendo una metáfora de los dientes, pero hay un grado de interpretación del poema que puede dar lugar a debates muy interesantes si al alumnado se le deja interpretar el poema libremente y sin trabas, aunque después canalicemos esa interpretación y le demos el “sentido” más adecuado.

En conclusión, la literatura debe enseñarse a través de los textos y no como un mero compendio de fechas y autores que los estudiantes deben de aprender como papagayos. La poesía es algo vivo y aunque nos cueste encontrar algún vestigio poético en esta sociedad tan prosaica, tenemos la necesidad de buscar eso que Bécquer llamó:

El “himno gigante y extraño”, en definitiva,

la poesía misma