PELÍCULA INFINITA

Pongamos que la historia es una película infinita. Infinitas tramas y decorados que confluyen en un argumento rematadamente complicado. Cada cual siéntase actor o figurante en función de su ambición. Es una manera de verlo.

Me temo que la mayoría cumplimos un papel secundario

sin tener en cuenta lo que pasa en realidad.

Es figurante quien apenas ve su trozo del decorado y se conforma con que nada se descomponga en aquella parte sin sufrir ni gozar con los grandes dramas, farsas o tragicomedias que resultan en la escena principal.

Leyendo a Orwell en Homenaje a Cataluña, durante la miniguerra civil de mayo de 1937 en Barcelona, el escritor recoge este comentario «Es una pena todo esto, ¿no es cierto? Y tan malo para los negocios. ¡Qué lástima que no termine! ¡Como si no hubiera bastante lucha en el frente!». Y uno piensa, cuántos vivimos con tan débil sustancia en momentos tan densos de tragedia y emoción. La justicia se construye y no favorece a quien deja pasar los acontecimientos por encima suyo. El propio Orwell, soldado del montón, pasó de creer en la revolución a conformarse con la derrota de Franco. Una mejor visión del mundo le permitía sostener su sentido de la vida surfeando las adversidades.

Que este siglo no tenga

“sus años treinta”

PREPARADOS PARA FIGURAR

¿Y los niños qué pintan? Nacen actores pero les preparamos para figurar. No saben de qué va la película del mundo y muchos de quienes les enseñan tampoco la entienden demasiado. Ergo, acabaran figurando a no ser que la curiiosidad y un temperamento tenaz les empuje a saltar por encima.

No hace falta ser un primer actor, pero todos necesitamos actores solventes que influyan con decisión para que los grandes dramas del mundo no deriven en tragedia.

ACTORES SECUNDARIOS

Seamos al menos los maestros esos actores secundarios que se disfrutan con placer en cualquier película, aquellos que con su personalidad le dan el sabor de gran obra que perdura en el recuerdo.

Espero que hayan tenido una feliz navidad y próspero año nuevo

Y que no se nos rompa el mundo en las manos