MEDIO Y FIN

Es curioso cómo cambian nuestras motivaciones con la edad, por ejemplo, las que teníamos cuando adolescentes, esas que hicieron que un tal Matt Murdock, huérfano y ciego, quisiera convertirse en Daredevil y acabar con el crimen; las que llevaron también a Wilson Fisk, su eterno rival, de niño acomplejado y sin recursos, a mafioso millonario; o las que propiciaron que yo empezara a hacer deporte: cuando tenía 14 años y estaba en el instituto, la mejor definición de mi verde personalidad era la de una amalgama de hormonas, granos, complejos y temblores en el momento de hablar con chicas, o, en general, hablar. Así que a falta de un plan mejor —o de causas más épicas— creí que el final de mi desdicha tenía solución en horas de sudor y suplementos proteínicos

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Fisk tuvo que aprender a ser derrotado, Daredevil necesitó buscarse aliados y mi interacción con las chicas no mejoró —no en el instituto—. Lo bueno de aquella obsesión quinceañera fue para mí, aparte de bastantes anécdotas ahora graciosas, que generé un hábito y ya nunca dejé de procurar mantenerme en forma.

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Aunque algunas veces no alcancemos aquello que en un principio nos proponemos —al menos no como y cuando pretendíamos— por mala suerte, porque nos equivocamos, porque es difícil, o por cualquier otra razón, NO supone necesariamente un fracaso, en cambio, no hacer nada y rendirse  lo es.

En la complejidad de la sociedad y del ser humano, ser feliz es para muchos una utopía, es decir, por definición algo aparentemente irrealizable, pero hay que intentarlo, porque en la vida el intento es a la vez medio y fin.

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Eduardo Galeano lo explicaba contando una conversación que oyó una vez entre su amigo, Fernando Birri, y un alumno:

—La utopía es el horizonte, es decir, algo que nunca alcanzaremos, ya que si caminas 12 pasos hacia él, estás, a la vez, alejándote otros 12.

—Entonces, ¿para qué sirve?

—Pues para caminar.