El increíble hombre menguante es una película estadounidense de 1957 en la que se narra la historia de un hombre que, tras verse accidentalmente afectado por una niebla radiactiva, se va haciendo cada vez más y más pequeño. Lo que más me gusta de la película es cómo su protagonista decide luchar por su supervivencia, adaptándose a su nueva condición cambiante. Deja de lado todo lo que conocía para enfrentarse a las situaciones, a los problemas y a los peligros que van surgiendo conforme va menguando su tamaño.

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El increíble hombre menguante

El argumento de esta película me parece un símil perfecto para explicar cómo está evolucionando el papel de los docentes en los últimos años. Pero no, no es que los docentes sean cada vez más pequeños… lo que está menguando es su visibilidad en el aula, su presencia como poseedores del saber ante los alumnos.

Esto sucede desde hace ya algún tiempo y los cambios se han ido produciendo poco a poco. Primero empezaron a sentirse más pequeños cuando desaparecieron las tarimas que artificialmente le otorgaban una altura superior a la que le correspondía, a causa de un falso concepto de la autoridad y el control disciplinario. Luego empezaron a variarse las disposiciones de las aulas, siendo estas mucho más flexibles y perdiendo su permanente forma de auditorio. Y así progresivamente ha ido cambiando el rol docente.

El docente se ha transformado en un líder invisible (o casi), pero aunque algunos perciben esto como algo negativo, creo que es lo mejor que le puede suceder a la educación escolar. Ser un líder invisible no hace más fácil la tarea del docente, ni más difícil, es una función diferente que requiere de una formación y una tarea distinta. La disminución de la presencia docente en el aula NO se corresponde en absoluto con una disminución de su importancia, sino más bien al contrario. La aparente pérdida de protagonismo de los docentes repercute directamente en la asunción de responsabilidad por parte del alumno en su propio aprendizaje.

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El increíble hombre menguante

El aula, un lugar conocido y seguro para los profesores, se ha transformado y continúa haciéndolo todavía. Esto es causa de inseguridad y angustia para muchos, y de oportunidades para otros. Ante esto se plantean, a grandes rasgos, dos opciones:

1

Me rindo y no me adapto a la nueva situación. No lucho por buscar nuevas formas de enseñar más acordes con nuestros días. Lo que hago funciona porque siempre se ha hecho así.

2

Me adapto. Lucho por innovar y sobrevivir, por dar respuestas adecuadas a la nueva realidad.

Edgar Morin enumeró los 7 saberes necesarios para la educación del futuro, que ya es (o debería ser) la educación del presente:

Saber superar los errores de conocer.

Saber integrar la realidad y el mundo.

Saber la condición humana.

Saber la identidad terrenal.

Saber enfrentar las incertidumbres.

Saber comprenderse mutuamente.

Saber democracia y ciudadanía.

¿Qué valores debe tener todo docente para poder educar a sus alumnos en una educación que tiene presentes estos 7 saberes?

HONESTIDAD

Ser honesto con sus alumnos y alumnas provoca que el docente tenga más credibilidad y eso es fundamental para educar. Ser honesto tiene mucho que ver con la sinceridad.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la sinceridad es “Sencillez, veracidad, modo de expresarse libre de fingimiento”. ¿Existe una definición mejor de la labor docente?

La sinceridad genera confianza y esto es fundamental en las relaciones que se establecen en los procesos de enseñanza/aprendizaje. Hay que ser sincero con los demás (alumnos, compañeros de claustro, familias…) pero sobre todo hay que ser sincero con uno mismo.

ENTUSIASMO

Entusiasmarse es una forma de vida, es la fuerza que nos impulsa a actuar, es el antídoto para luchar contra la desmotivación, el desánimo y la inconstancia. Un docente entusiasta transmite optimismo, es perseverante y da a sus estudiantes la fuerza que necesitan para llevar a cabo cualquier proyecto. Un docente entusiasta es, a su vez, un docente comprometido.

HUMILDAD

El docente que es consciente de sus limitaciones está siempre atento a las situaciones nuevas, a las nuevas circunstancias, y eso le posibilita aprender constantemente. El orgullo es un freno para nuestra capacidad de aprender y adaptarnos al cambio.

La humildad también facilita el trabajo en equipo, que es tan importante y escaso en los centros educativos.

COHERENCIA

El docente debe actuar siempre siguiendo una línea lógica y común tanto de pensamiento, como de palabra y de acción. La incoherencia le resta credibilidad y, por tanto, crea desconfianza en la relación que establece con sus pupilos, con lo que el aprendizaje es mucho más difícil.

JUSTICIA

Este valor está muy relacionado con el anterior, pero va más allá. El docente justo actuará sin prejuicios, sin ideas preconcebidas de sus alumnos, lo que le permitirá ser más consciente de las verdaderas posibilidades de sus estudiantes ofreciéndoles la formación más adecuada a su tipo de inteligencia preponderante y a su talento.

CREATIVIDAD

La búsqueda de soluciones nuevas es la mejor receta contra el aburrimiento, el de los alumnos y el de la propia tarea cotidiana. El docente creativo es motivador y se siente motivado, es curioso y sabe despertar la curiosidad.

DIÁLOGO

Dialogar es saber escuchar y saber hacerse entender. El docente dialogante se gana el respeto de sus alumnos por la admiración y no por el miedo al castigo o al suspenso. Por tanto, es un docente que no necesita imponer sus criterios de forma imperativa, ni alzar la voz, lo que facilita la resolución de conflictos y mejora la convivencia en el aula.

Un docente que tenga todos estos valores ejercerá un liderazgo con sus alumnos que le permitirá ser inspirador y asertivo, es decir, tener visión de futuro y saber ponerse en el lugar del otro. Si a todo esto le sumamos una buena capacidad de comunicarse, una pizca de audacia, un alto grado de profesionalidad y una buena dosis de intuición acabaremos de perfilar al docente ideal para educar en la sociedad de la incertidumbre, un docente que sabe adaptarse a su realidad menguante.