Encontrar el equilibrio entre la exigencia necesaria en la enseñanza y la búsqueda de la motivación del alumno puede tomar toda la vida profesional a un docente. La mayoría de los profesores hemos experimentado una educación basada en unos exámenes exigentes donde se ha priorizado la asimilación de contenidos por parte del alumno sobre otro tipo de competencias y habilidades.

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Hemos aprendido desde niños la importancia de las calificaciones sobre el resto de cosas. Aprender a través del juego, de los intereses personales o desde la cercanía no ha sido una constante en la experiencia de aprendizaje de muchos docentes actuales. Por ende, como profesionales de la enseñanza, seguimos perpetuando un modelo donde la exigencia requerida nos obliga al uso indiscriminado de exámenes, deberes o calificaciones de índole cuantitativo.

Gracias al autoaprendizaje, a la experiencia en las aulas y a la formación pedagógica a través de redes informales somos capaces de evolucionar a un modelo donde la motivación del alumno esté en el centro de una enseñanza destinada a provocar aprendizajes auténticos. Es posible continuar con la exigencia atendiendo a la diversidad del aula y desechando un modelo que tiende a homogeneizar y medir a todo el alumnado con medios uniformes.

Se precisa una exigencia doble: respecto a nuestro trabajo como docentes -automandato y congruencia de lo que hacemos con lo que pedimos- y con el alumno en el sentido de aprovechamiento de los tiempos lectivos -calidad de trabajo en el aula-. Unos tiempos donde el uso de metodologías activas y diferentes formas de evaluación no significan en ningún caso un menor esfuerzo del alumno.

El uso de la tecnología en el aula no conlleva necesariamente el equilibrio en la ocupación del docente. Seguimos repitiendo, consciente o inconscientemente, un modelo hiperdirigido donde el docente lleva el control y la iniciativa de todo el proceso educativo. La pizarra digital o lo libros electrónicos, por poner dos ejemplos, perpetúan habitualmente este modelo de enseñanza tradicional. Aún así, la tecnología puede facilitarnos esa motivación necesaria gracias al manejo de aplicaciones, la conexión a Internet o el uso de dispositivos que activan al alumno en el aula.

Cada docente tiene un ciclo de vida profesional único. Ciclos con subidas y bajadas o con demasiadas planicies. Un ciclo donde el aprendizaje es inevitablemente a perpetuidad y que nos permite ir afinando ese buscado equilibrio. Sería imperdonable dejar de oscilar.