Observemos los extremos de esta disyuntiva:

EL NIÑO COMO OBJETO DEL CURRÍCULO / EL NIÑO COMO SUJETO DEL CURRÍCULO

PRIMER EXTREMO

El primer extremo define bastante bien mucho de lo que aún hacemos. Pensamos al niño como objeto que presenta una evolución prevista y en la mano tenemos el conjunto de conocimientos y habilidades que debería tener cuando evalúen su desempeño la universidad o la empresa. Lo dosificamos.

Tenemos a punto las didácticas necesarias para los problemas de aprendizaje que ya prevemos que va a tener.

Según veamos a nuestro «objeto»,

lo vamos poniendo todo al día

SEGUNDO EXTREMO

El segundo extremo tal vez sea demasiado osado e irreal. El niño decidiendo lo que aprende como si llegara a la escuela con el mundo visto y pudiera decidir cómo profundizar en él. El niño como autodidacta perfecto con algo de nuestra ayuda. Sin embargo, no nos asusta trabajar por proyectos que deciden ellos, aunque luchemos por «colocar» allí lo curricularmente significativo.

Decantándome, pese a todo, hacia el segundo extremo, no puedo perder de vista el primero. El niño descubre pronto el placer; en eso, se basa nuestra agustiniana concepción de la escuela tradicional, en considerarlo un esclavo del placer.

α

Agustín de Hipona aparcó el placer. A su manera escribió el currículo de toda la Edad Media. Ordenar y reprimir por si hubiera que lamentar. Había mucho que reconstruir.

β

El Renacimiento tuvo que represtigiar el placer. ¿Estamos lo bastante avanzados como para armonizar el placer y la ponderación en la escuela? Es decir, ¿para conducir a los niños como Virgilio a Dante por todas las esferas del mundo, buenas y malas, dejando que ellos las descubran sin sufrir daño? En cierta manera la Divina Comedia contiene un currículo. Dante se quedó a un paso del Renacimiento, aunque hizo su libro de texto. Con pasión.

VIDAS DE TEXTO

El niño objeto cumplirá con el texto (sin pasión) y pasará los laberintos que se le propongan, pero difícilmente inventará caminos o descubrirá laberintos ignotos. Lo que no venga en los textos y sus laberintos tendrá que descubrirlo azarosamente en su vida adulta con una cierta tendencia a perderse o a huir. El que sepa mantenerse niño tal vez se convierta en niño/adulto_sujeto y lo cumplido y descubierto le animará a seguir descubriendo.

Por alguna razón, muchos se hacen adultos sin llegar a hacerse sujetos y viven vidas ya escritas. Vidas de texto. Del texto escolar aprendemos a ver texto en todo lo que afecte a la vida. Y así la vamos cumpliendo. Y la administración nos impone sus laberintos.

CULTIVAR SUJETOS

Para prevenir esas vidas, deberíamos cultivar sujetos. Y un sujeto camina a su estilo por la cultura que los currículos siempre han tratado de sujetar y confeccionar como trajes a medida. El niño sujeto se hace sus propios trajes ajustados y adecuados a su edad. El currículo tradicional le da un vestuario estándar al niño objeto.

El niño sujeto influye en el currículo y

enriquece la cultura de todos

El maestro es el encargado de que a los niños no le lleguen sólo los mínimos que proponen los textos, sino toda la cultura que sea posible en el mismo centro y sus extensiones, con sus indicaciones de estilo, adecuación, gusto y complementariedad.

Dicho de otro modo, el maestro abre la puerta a todo lo que los niños pueden «vestir» y pone cada cosa en su sitio: los tejidos, colores y sus combinaciones; la funcionalidad y la elegancia; el hilado y la confección; el uso y la portabilidad. El niño se comparará con sus iguales y se aliará con ellos, al tiempo que el maestro será árbitro de la elegancia curricular.

ELEGANCIA CURRICULAR

¿Y eso qué significa? Que el maestro ha de haber vestido mucha cultura. Que el ministerio y la industria nos visten de serie y que en esa serie el maestro no puede promover sujetos porque el mismo se ha convertido en objeto si sólo ha vestido la tradicional indumentaria reglada.

Un día que comenté que acababa de leer El señor de las moscas (del recientemente galardonado William Golding), una compañera maestra me dijo que aquél era un libro de COU (lo que en nuestra época correspondía al actual 2º de bachillerato).

Estamos tan acostumbrados a que las lecturas sean graduadas que resulta sonrojante no responder a los esquemas. Nunca descubriremos toda la cultura. Los niños tampoco lo harán. Pero la cultura que hayamos descubierto será total porque dará cuenta del mundo. Nadie conoce a toda la sociedad.

Antes sólo se conocía si eras presentado. El maestro tiene que presentar cultura: la suma, los románticos… Por supuesto, deberá recomendarnos encarecidamente los miembros más destacados de la sociedad, pero eso siempre será opinable y el mérito no es eterno.

El maestro ha de haber vestido

mucha cultura

Y esa es la razón por la que tiene, además, que enseñarnos criterio, el saber conocer que no se reduce sólo al «aprender a aprender» que suena un tanto mecánico. Y el niño por su cuenta acabará descubriendo miembros destacadísimos de la sociedad que a la mayoría nos habían pasado desapercibidos (en mi época no se nos presentaban ni el darwinismo ni las glaciaciones, me los presentaron mucho más tarde). Y de esa manera crearemos una sociedad más atenta en la que muchas cosas importantes no pasarán tan desapercibidas como ahora.

¿Qué quiero decir con esto? Que hacer currículos me parece un arte y no debería ser un acto administrativo ni industrial. Y que los currículos deberían ser una construcción de todos en constante estado de tensión y de pasión. Libros, cuadros, artilugios…

Y el profesor, rico en cultura,

el maestro de ceremonias