La Fundación Mundo del Superdotado acaba de conceder uno de sus premios a la Excelencia al programa educativo del Museo Carmen Thyssen de Málaga. Se trata de una programación educativa perfecta que lleva a cabo un equipo de mujeres jóvenes, apasionadas por la educación y realmente consciente tanto de la importancia de su tarea como del privilegiado entorno en que se mueven:

Un museo que es un verdadero

tesoro

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El Carmen Thyssen de Málaga defiende la importancia de la labor pedagógica en los museos. Yo también creo que es hoy más importante que nunca. Y así pude comprobarlo cuando tuve el honor de visitar las salas repletas de niños y jóvenes, en diálogo con los cuadros. Gracias a ellos y a las monitoras, el Thyssen de Málaga me pareció un museo extraordinariamente vivo y feliz.

La Música y las Artes Plásticas siempre fueron “marías” en la educación española; la Historia del Arte y la Literatura comenzaron a serlo hace veinticinco años; inmediatamente después siguieron ese camino la totalidad de las Humanidades: Lenguas Clásicas, Filosofía… Las Artes Escénicas, el Cine y la Danza no perdieron relevancia porque, sencillamente, nunca estuvieron. Este proceso ha sido una decisión suicida. Hoy, inermes, vivimos tiempos tan banales, o estamos bajo una égida tan absurda, que la escuela se ha llenado de palabras como input, output y emprendimiento. Ya no queda lugar para el Arte. Y esto sucede en un país que tiene un patrimonio artístico inconmensurable y que es la cuna de muchos grandes.

Sin embargo, el Arte es una necesidad primigenia del ser humano. Tiene que ver con la verdad, que no es la representación exacta de nuestra vida sino su esencia secreta. El territorio de la verdad es el de la intuición profunda, la conciencia, el espíritu, el bien. Allí viven las emociones, los sentimientos y todo lo que no se ajusta a la definición del hombre como animal racional. Es el mismo territorio que ocupa el Arte, que también trasciende por completo la animalidad y no coincide con las medidas de lo racional ni de lo razonable.

Para explicar qué es una obra de arte, el filósofo alemán Martin Heidegger pone el ejemplo de un cuadro de Van Gogh, “Zapatos de campesina”. Un par de zapatos, dice, es ante todo algo útil. Y si contemplamos los zapatos cuando ella se los quita por la noche, no vamos a comprender cuál es el ser de esos instrumentos tan útiles. Porque en el interior de esos zapatos están la forma del pie dolorido de la campesina y su sudor. En la rudeza y solidez de esos zapatos está la carga del peso de ella. Bajo las suelas está el polvo del camino, los granos que ha pisado, que fueron promesa del pan de cada día. La fiabilidad de estos zapatos y lo cómoda que ella se encuentra son llamadas de la propia tierra que labra. Y estos son valores que la campesina intuye aunque no los pueda expresar. Ahora bien, ¿cuál es la única manera de comprender esto para quienes no sean campesinos o no la conozcan personalmente a ella? La respuesta es: ver los zapatos pintados en el cuadro de Van Gogh. En los zapatos reales sólo vemos un par de útiles viejos; en la pintura, el artista nos abre una ventanita por la que se atisba la verdad del ser, la verdad del trabajo de la tierra. Esto sucede porque no son un par de zapatos reales sino un símbolo. Y por esto mismo, las adolescentes que visitaban el Carmen Thyssen eran capaces de ver, en los maravillosos vestidos de las mujeres de Madrazo, una opresión de la verdadera esencia de la mujer. Y eran capaces de reflexionar sobre cuáles son –en los tiempos del short y no del corsé– los elementos que las oprimen ahora a ellas.

A través del Arte se ilumina la verdad del ser humano sin estar condicionada por lo preestablecido. Por eso, nos parece mágico que una sinfonía de Beethoven o la Pirámide de Keops envíen mensajes universales y nos conmuevan a todos. El Arte colma la capacidad simbólica del hombre que reconoce en él la expresión de sus emociones más ocultas. Por eso es una necesidad primigenia.

¿Debe la educación ignorar esa verdad esencial del Arte? ¿Ese poder transformador y curativo? ¿Esa fuerza simbólica que responde a nuestra esencia más profunda?

No es posible que una sociedad se olvide de la relación entre las obras de Arte y sus espectadores –es decir, del Arte como hecho cultural– porque negar a la generación más joven experiencias relacionadas con su propio origen, con el bien y con la belleza es empobrecerla injustamente. El Arte necesita un espectador, y solamente puede serlo quien quiera asomarse a la verdad, quien esté educado para percibirla. Si contemplamos las obras de arte desde la indiferencia de quien no ha educado su sensibilidad, se convierten en simples cosas. Para quien no se deja permear por su valor simbólico, un cuadro cuelga de una pared como podría colgar una percha. Sin embargo, para quien sabe verla, una obra de arte es una historia. Y los niños y jóvenes aprecian de corazón, con la sensibilidad intacta, cualquier acercamiento al Arte. A diario, y enfrentadas a los recortes presupuestarios, las educadoras del museo Carmen Thyssen lo comprueban y siguen celebrando esa ceremonia espiritual de la pintura cuando se encuentra con el alma de un niño. También lo comprobamos los profesores cuando, contra viento y marea, abrimos las puertas del aula a las manifestaciones artísticas que son, al fin y al cabo, los mayores regalos que los seres humanos nos hemos hecho a nosotros mismos.

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¿Hay lugar para la educación en un museo? No solo la hay sino que la existencia de un museo se fundamenta en su programa educativo. A corto plazo, puede pensarse en llenar las salas de turistas, pero solo con la educación un museo puede seguir siendo un tesoro vivo, solo así tendrá razón de ser mañana. Literalmente, mañana.

Carmen Guaita
Licenciada en Filosofía. Maestra. Especialista en Ciencias Sociales. Especialista en Pedagogía Terapéutica. Acreditación en dirección de centros escolares. Profesora de la enseñanza pública desde 1982. Es autora de los libros: Cronos va a mi clase (2015), Jilgueros en la cabeza (Novela, 2015), Víctor Ullate, la vida y la danza (2013); Memorias de la pizarra (2012); Cartas para encender linternas (2012); La flor de la esperanza, (2010); Desconocidas, una geometría de las mujeres (2009); Contigo Aprendí, (2008); Los amigos de mis hijos (2007). Es también coautora de los libros: Vaticano II, un tesoro escondido (2014); Autoridad, disciplina y educación, tres palancas del entorno escolar (2011); Apuntes educativos: el lenguaje en la Educación Primaria (1994) y La frustración grupal, (1980). Miembro de la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, FAPE y de la Comisión de Garantías y Deontología de la Confederación Europea de Sindicatos Independientes CESI. Miembro del Jurado de los Premios Acción Magistral, Investiga, Nacional de Fomento de la Lectura y Nacional de Poesía. Colaboradora del programa La noche en vela de RNE, y de las revistas Escuela y 21RS. Publica artículos sobre temas educativos en revistas profesionales y generales: Magisterio, XL El Semanal, Mujer Hoy, Temas para el debate, Claves de Razón Práctica, suplemento Padres de ABC, El Mundo. Hasta junio de 2014 ha sido vicepresidenta nacional del sindicato independiente de profesores ANPE, miembro de la representación de ANPE ante Consejo Escolar del Estado y de la comisión EDUC. Presenta conferencias y ponencias en congresos y cursos universitarios celebrados en muchas ciudades españolas, en Austria y en Portugal. Colabora desde el año 2009 como directora y ponente con los cursos de verano de la Universidad de Almería. Participa habitualmente en Escuelas de Padres en varias ciudades españolas. Pertenece a la Junta rectora de la ONG Delwende que sostiene proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica.