El otro día afirmaba que trabajar con una biblioteca de aula permite el desarrollo de una educación en red. Sin duda es una afirmación muy cool, pero ¿qué quiere decir en realidad?

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La contraponía a lo que puede hacerse con un libro de texto, que no puede ser sino la perpetuación de una educación serial. Con todo, esto también hay que demostrarlo.

Ciertamente, hay en este momento miles de profesores haciendo cosas que no sabemos. Pero no es difícil imaginar que la inmensa mayoría se siente obligada a crear un camino de estudio detallado que los alumnos deben cumplir: seguir y llevar a término. Ese camino incluye sus discursos, sus esquemas, la plasmación (apuntes), sus prescripciones sobre la guía (el manual), los ejercicios, aportaciones creativas pautadas (trabajos) y, al final, los resultados (exámenes y dossieres).

Que hay profesores que animan a sus alumnos a descubrir caminos propios no puede dudarse. Aunque esas experiencias no necesariamente siempre sean exportables. Oía, recientemente, al pedagogo Martí Teixidó quejarse de profesores que se dejan llevar por sus alumnos a investigaciones (proyectos) que reducen la cultura a los futbolistas de moda o a las series televisivas de éxito. Está claro que no es lógico que los jóvenes impongan “su” cultura (o sea “su consumo”).

¿Quién estaría educando a quién? Precisamente, vienen a la escuela a descubrir lo que no saben y a aprender a ponderar el peso de cada cosa en la marcha de la película humana. Es decir, la historia que contiene los orígenes, el universo y lo que el ser humano hizo y pueda hacer en él.

Lanzarse a descubrir es la posibilidad que nos ha facilitado Internet. Está todo y de cualquier manera. No se ve ningún orden ni límite. Dentro de Internet uno podría dejarse convencer de que la Champions y Juego de Tronos están en el centro de la cultura humana. Es una galaxia indiferenciada. Y la educación supone ponderar, medir y organizar.

Un libro de texto difícilmente dará cabida ni a la Champions ni a Juego de Tronos. Lógicamente, hay infinidad de cosas con más peso específico en la historia humana por mucha antropología, política y matemáticas que puedan verse en el fútbol y en una serie con un buen guión. Pero incluso si utilizase ese recurso le estaría confiriendo una condición académica y serial. Dejaría de ser un hallazgo para convertirse en una prescripción (véase la lección de sexualidad en El sentido de la vida, de los Monty Python).

Un libro de texto es un continente limitado y sometido a estrecha dirección. Internet es la falta de continente. La biblioteca de aula es un continente flexible y personalizable.

La ventaja, creo, de poseer una biblioteca y de que la edición escolar se oriente de esa manera, es que, sin impedir que el profesor pilote una navegación más o menos lineal, permite que los alumnos añadan nodos y protagonicen contactos nuevos. Cosa que también puede hacerse ante un ordenador, sin duda.

La diferencia entre un libro de divulgación y una parada en Internet, es que el libro se parece más a una isla en la que uno se detiene, olfatea, descubre los sonidos y sus orígenes y reflexiona. Y después tal vez le salga un “…pienso que…”. La parada en Internet suele parecerse más  a un arrecife o a un encuentro casual y a una conversación breve de la que sólo se saca un “…me dijo que…”. Sólo el que ha empezado a pensar sabrá discernir entre dimes y diretes. El papel del profesor será velar porque la vuelta al mundo se complete con experiencias reales más parecidas al auténtico viaje que al simple turisteo. Nadie verá a todos los animales ni a todas las tribus, pero aprenderá a tratar con unos y con otros sin despreciar toda la erudición que pueda conseguirse.

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Si el profesor plantea una línea del tiempo de la Edad Moderna y dibuja algunos nodos, Colón, Carlos V, Isabel I, Carlos de Inglaterra, Newton, Diderot o Luís XVI (los que sean), nada impedirá que los alumnos se desvíen hacia Harvey o a los viajes de Cook según sus lecturas. La red se forma en el momento del diálogo entre los que han leído y han imaginado. En lo que saben unos y otros y se intercambian. En cómo se articula todo eso con lo que el profe dijo. En que cada cual es especialista de algo sin saberlo todo. En que el grupo sabe más. En que todos se nutren del saber total. En que el profesor ha de tejer discursos coherentes con esas piezas, cortar los hilos feos, remendar agujeros y deshacer nudos indeseados.

Y la producción editorial se orientaría a eso. Y se obligaría a estar mucho más en contacto con las escuelas. Y la cultura se desenciclopedizaría (ya existen las enciclopedias) y vivificaría. La cultura escolar adquiriría complejidad y un orden nuevo y fluido, como la vida misma. Y los editores deberían atender a la dispersión y al orden.

Sin duda un reto difícil.

Pero, ¿haremos frente a un mundo complejo con medios adocenados?

Josep Maria Turuguet
Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.