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CUANDO NADA FUNCIONA

“Profe, esto no mola, saca la pelota por favor”

Alumno de 2º de ESO

¿Qué pasa si planteamos una situación de aprendizaje con demasiada autonomía para un alumnado que no está preparado para ello? ¿Qué pasa si la situación está alejada de los intereses y pasiones del alumnado… ? ¿Qué pasa, si, además de todo ello, se intenta aplicar dicha situación en un grupo con pocas habilidades sociales, emocionales y actitudinales… ?

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SF

LA SITUACIÓN FRACASA

La respuesta es obvia: la situación fracasa. Docente y alumnado sienten que pierden el tiempo y se genera un clima de malestar, tensión y desconfianza en el aula. Nos alejamos de la diversión, se apaga la emoción y por ende el aprendizaje.

Esta es la experiencia que he vivido a mediados del segundo trimestre. Con ilusión y esmero preparé junto con mis compañeros de departamento virtual una situación de aprendizaje basada en la gamificación para, entre otras cosas, aprender a aplicar la frecuencia cardiaca saludable en tareas de resistencia aeróbica. Una situación llamada “Play The Game” diseñada de forma colaborativa y que ya habíamos implementado anteriormente con éxito. Algunos de los ingredientes de la situación se basaban en la consecución de retos gamificados mediante la obtención de gomas de colores, libertad en el diseño de tareas, autonomía para seleccionar las actividades para superar los retos, el uso del teléfono móvil para la edición de vídeos y recolección de evidencias, escuchar su música preferida durante la práctica para fomentar la motivación, identificar las propias emociones mediante pinzas de tender la ropa tuneadas y personalizadas… y nada. Todo ha sido en vano. No ha habido manera de enganchar al alumnado.

Ante tal situación, mi cabeza no paraba de pensar en cómo darle la vuelta. Tenía dos alternativas, seguir con la situación programada a pesar del clima de clase y la apatía del alumnado, o bien, buscar una alternativa adecuada a las demandas y necesidades del alumnado. Finalmente opté por la segunda opción.

Prensky (2011) señala que lo que realmente importa en educación no son las notas sino cada alumno como individuo, y para ello, debemos conocer sus intereses y motivaciones e integrarlas en el aula. Por su parte Vaello (2008) apunta que para conseguir un clima cálido, de respeto y de empatía en clase es clave la sintonía emocional, es decir, conocer y comprender al alumnado, descubrir cómo percibe la situación, indagar en lo que le interesa y reflexionar conjuntamente sobre posibles soluciones que satisfagan a todos.

No ha habido manera de enganchar

al alumnado

Pues bien, ese fue mi punto de partida. Hablé con el alumnado de la situación. Ambos reconocimos que aquello no funcionaba. El alumnado manifestó que se aburría y que no le interesaba para nada lo que estábamos haciendo y de ahí su apatía y comportamiento. Además, el alumnado mostró tener muchas ganas de jugar y practicar actividades deportivas con pelota. Por mi parte, manifesté abiertamente que las conductas y actitudes de clase no eran las adecuadas, y que había que mejorar el respeto, el esfuerzo y la empatía entre las personas del grupo clase.

Llegados a este punto, teniendo muy claro lo que el alumnado quería y conociendo las debilidades del grupo, necesitaba encontrar la manera de introducir el juego y practicar deporte con intencionalidad. Es decir, no jugar por jugar, sino aprovechar el juego y las actividades deportivas para fomentar aquello que necesitaba el alumnado: aprender a respetarse, tolerarse, esforzarse y ponerse en el lugar de los demás. En definitiva, mejorar sus habilidades sociales. Pero, ¿cómo hacerlo?

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JVP

JUGA VERD PLAY

Entonces fue cuando encontré en el novedoso proyecto “Juga Verd Play” (JVP) creado por @cebllob, @xals66 y @PereAlastrue, la inspiración necesaria para darle la vuelta a la situación. Dicho proyecto, que ya lleva un par de años implementándose de forma exitosa en los municipios del Baix Llobregat (Barcelona), se aleja de los modelos escolares puramente competitivos, y presenta una forma innovadora de trabajar el deporte en edad escolar poniendo los valores y las actitudes en el centro de la acción educativa. El JVP es una forma original de fomentar la deportividad de todas las personas implicadas en el juego: entrenadores, jugadores, árbitros y el público. Normalmente, el resultado en el deporte escolar tradicional se basa en el marcador, es decir, en conseguir el máximo número de canastas, goles, etc. En cambio, el JVP da un giro de 360º al sistema de competición. En cada partido se pueden conseguir 10 puntos de la siguiente forma: el equipo que gana recibe 3 puntos y el que pierde uno, y si se empata cada equipo recibe 2 puntos. Cada entrenador puntúa la actuación del equipo rival y de su entrenador, dando un punto al entrenador rival y a su equipo. Las personas que están de público observando el partido, llamados grada, también pueden dar un punto al equipo rival. Además, existe un tutor de grada encargado de mediar y generar actitudes positivas en las familias de los deportistas. El tutor de grada puede dar un máximo de un punto a su propio equipo. También existe el dinamizador de juego, o sea ‘el árbitro’, que es el responsable de valorar la actitud de todos siguiendo el reglamento. El dinamizador de juego puede llegar a dar 2 puntos a cada equipo, uno valorando la actuación de la grada y otro al entrenador del equipo. Para acabar, existe un punto especial que puede conseguir cada equipo y depende de si se cumplen los parámetros saludables y cívicos (para saber más sobre el funcionamiento del proyecto recomiendo ver el vídeo:

Volviendo de nuevo a mi contexto, busqué el criterio curricular de 2º curso de la ESO vinculado con manifestar actitudes de cooperación, tolerancia y deportividad en los juegos y deportes de equipo y tomando de referencia el JVP decidí hacer una adaptación y diseñé “Play The Game Verd”. Presenté la situación al alumnado, el cual recibió la propuesta con los brazos abiertos, y nos pusimos manos a la obra.

Creamos grupos de trabajo estables y heterogéneos y en cada sesión practicamos distintos deportes colectivos con una única y clara finalidad: aprender a respetarse mediante normas cooperativas y de juego limpio. Cada alumno-a podía ganar en cada sesión 3 puntos verdes, uno que lo otorgaba el alumnado grada, es decir, aquel alumnado que no hacía clase practica por lesión o por no traer la ropa deportiva; otro punto lo otorgaba el equipo rival en función de si habían sido respetados por sus compañeros-as; y finalmente, el tercer punto lo daba el propio equipo dependiendo de si todos los miembros del grupo habían cumplido las normas cooperativas y se habían sentido integrados en la actividad.

Rápidamente empecé a notar cambios. Aparecieron las sonrisas, disminuyó la tensión en el grupo, aumentó la predisposición del alumnado a participar, y, en definitiva, se generó un clima de aula favorable para el aprendizaje. Durante la reflexión grupal que hacíamos al final de las sesiones, el alumnado manifestaba sentirse más contento, demostraba más respeto y más ganas de participar. De este modo, poco a poco, el alumnado se fue dando cuenta que estaba utilizando el deporte como instrumento para trabajar valores y potenciar actitudes de respeto, deportividad y cooperación.

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Una vez finalizado el trimestre, los resultados obtenidos me han hecho reflexionar. Las faltas de respeto y los insultos han disminuido y el alumnado ha considerado que se ha divertido, ha aprendido a jugar limpio, a tomar conciencia de su propio comportamiento y a valorar el de sus compañero/as. No obstante, me queda un sabor agridulce sobre los aprendizajes puestos en juego.

Tomando de referencia a Coll (2006, p.8) reflexiono sobre los “aprendizajes básicos imprescindibles” y los “básicos deseables”. Mientras que los primeros si no se llevan a cabo en la educación básica condicionan negativamente el desarrollo personal y social del alumnado, los segundos pueden recuperarse más adelante y si no se realizan no determinan negativamente al alumnado. En la situación vivida me he sentido en dicha encrucijada. O seguir con los aprendizajes “básicos deseables” que había programado, o parar y apostar por unos aprendizajes “básicos imprescindibles”.

Dicho de otro modo, o seguir trabajando la frecuencia cardiaca saludable de forma autónoma mediante la colaboración y la gasificación, a pesar de la carencia en habilidades sociales del grupo, o bien, tratar de desarrollar la competencia social del alumnado a fin de sentar una base actitudinal centrada en el respeto y sobre la cual poder trabajar a posteriori aprendizajes más complejos y “deseables”.

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La toma de decisiones es una constante en la docencia. Hacerlo bien no es fácil. A veces acertamos y otras veces no. Aprender de nuestros errores, ser flexibles y tener suficiente motivación para buscar alternativas al “cuando nada funciona” parecen ser habilidades necesarias para educar en las aulas actuales. ¿Estamos dispuestos a salir de nuestra zona de confort?

Seguiremos aprendiendo…


Referencias

Coll, C. (2006). “Lo básico en la educación básica. Reflexiones en torno a la revisión y actualización del currículo de la educación básica”. Revista Electrónica de Educación Educativa, Vol.8, No.1, 2006.

Juga Verd Play. Nou model d’Esport Escolar. Consell Esportiu del Baix Llobregat. Carles González Arévalo i Pere Alastrué Pozo. 

Juga Verd Play. Versión Español

Monguillot, M. (2015). La colaboración docente: una forma de vivir, hacer y sentir la docencia.

Monguillot, M. et al. (2015). Play The Game: Gamificación y hábitos saludables en educación física. APUNTS. Nº 119. pp. 71-79 

Prensky, M. (2011). Enseñar a nativos digitales. Ediciones SM.

Vaello Orts, J. (2008). Cómo dar clase a los que no quieren. Santillana

  • Santi Rey TIC’s

    ¿Aprender de los errores? Que innovadora parece esa intención. Como padre, mi experiencia es que es poco habitual ese planteamiento, por parte del profesorado.
    Pero para eso estamos, para ayudarles a que vean que hay que cambiar…
    Sobre el JVP, me lo apunto para proponerlo en A Coruña.
    Un saludo. Gran artículo.

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