“La sociedad moderna,

que ha alcanzado un grado de educación formal sin precedentes,

también ha dado lugar a otras formas de ignorancia”

Jean-Claude Michéa

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Nosferatu

Y se aprecia desde el aula: cada vez más preparación en lengua(s), matemáticas… y menos en emociones, sensibilidad, compasión… No se trata de sustituir una cosa por la otra, son compatibles, incluso complementarias. Cuando la escuela lo descubre se suceden cambios que hacen que el aprendizaje sea diferente. El texto recoge cuatro historias emocionales para argumentar la repercusión de algunos de esos cambios que trae consigo la escuela que aprende a sentir.

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El docente como un agente emocional

Érase una vez un perrito vagabundo al que cierto día le sonrió la fortuna. Encontró una casa abandonada, ideal para guarecerse en las noches de invierno. El animal accedió por una ventana rota para explorar el preciado lugar. Algo llamó su atención al fondo del pasillo: una puerta entreabierta tras la que parecía haber movimiento. Se armó de valor para asomarse y ¡sorpresa! Había otros 100 perritos como él. Tras la impresión inicial, movió la cola mostrando su alegría por encontrar nuevos compañeros de fatiga. Ya no volvería a estar solo, ¡qué alegría! Los perros de la habitación reaccionaron de forma similar. Sin embargo, otro día llegó un nuevo perro vagabundo, también en busca de cobijo. Cuando descubrió lo que escondía la habitación del fondo del pasillo, se sintió amenazado: en ese lugar ya había demasiada concurrencia. Pensó que no iba a ser bienvenido. Tensó el rostro y enseñó los dientes en actitud desafiante. Los 100 canes hicieron lo mismo.

Los docentes podemos sentirnos identificados con uno de los perritos vagabundos. Llegamos con incertidumbre y algunas inseguridades a un lugar que siempre es nuevo: el aula. Encontramos a otras personas y así empieza todo… Pero permíteme que te cuente el final de la historia.

El primer perrito continuó su viaje contento por haber encontrado un buen refugio al que volver en momentos de frío o soledad. El segundo perrito salió de la casa convencido de que no podía existir un lugar peor en el mundo. Jamás volvería. A medida que se alejaba giró la cabeza para echar el último vistazo. Fue entonces cuando pudo ver el cartel que indicaba el nombre de la villa: «La casa de los 100 espejos».

El docente tiene que ser consciente de su enorme influencia en el clima emocional del grupo.

El espejo de tu clase te devolverá el reflejo todas las mañanas. Para verlo tendrás que aplicar la enseñanza que el zorro transmite al principito en la maravillosa obra de Antoine de Saint-Exupèry:

“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

“Las emociones son información auténtica de quiénes somos y qué queremos (…) son energía pura: nuestro sexto sentido”.

Lucas Malaisi

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La preocupación por la gestión emocional

El popular experimento de Walter Mischel pretendía analizar el grado de control de la impulsividad. Puedes hacerlo en casa o clase… Para ello, se coloca a un menor sentado frente a una mesa en la que solo hay un plato con un apetecible bombón. En un momento dado, el adulto se levanta de la mesa y se ausenta de la habitación con alguna excusa banal durante cinco minutos. Antes, avisa al niño: “No puedes comerte el bombón”, pero matiza la orden con la siguiente indicación: “Si no te lo comes, te daré dos cuando vuelva”, lo que, implícitamente, abre la posibilidad de incumplir el mandato.

Walter Mischel fue clasificando a los participantes en la investigación en función de si se habían comido, o no, el bombón. Cuando terminó el experimento, tenía dos grupos emocionalmente diferentes. El equipo de investigación prolongó el estudio durante años, analizando el progreso escolar de cada alumno implicado. Descubrieron que los niños que habían demostrado mayor autocontrol se convirtieron en adolescentes equilibrados, con calificaciones muy por encima con respecto a los que habían tardado menos en comerse el bombón.

Es solo un ejemplo de la importancia que tiene la gestión emocional para el desarrollo personal. También será determinante para crear un buen clima de aula y unas relaciones equilibradas dentro del grupo-clase.

“Cualquiera puede enfadarse, es algo muy sencillo. Sin embargo, enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto… eso no es tan sencillo”.

Aristóteles

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Utilización y desarrollo de la inteligencia emocional

En un lejano país vivía un rey que odiaba al vidente más admirado por sus súbditos. Un día ordenó apresarlo y condenarlo. Le dijo: “Vas a ser ejecutado. Solo podrás salvarte si adivinas qué día vas a morir”. El hombre no perdió la compostura. Con voz pausada contestó: “Moriré un día antes que vos”. El rey palideció. La satisfacción inicial dio paso al temor por su propia vida, ¿y si sus predicciones son ciertas? En vez de matarlo, mandó que residiera en palacio y que siempre estuviera protegido.

Este cuento pone de manifiesto la importancia que puede llegar a tener la inteligencia emocional. Daniel Goleman sostiene que la escuela debe promoverla, despertando la capacidad de reconocer los sentimientos propios y ajenos, de encauzarlos y de gestionar las relaciones sociales. Sin duda, el brujo del cuento tenía esas competencias. Desarrollarlas en el alumnado requiere docentes preparados para enseñar contenidos diferentes, como la aritmética del corazón o la gramática de las relaciones.

La escuela puede trabajar en esta línea e ir más allá, utilizando la emoción como recurso didáctico. Veamos un ejemplo aplicado a la promoción de la lectura. La estrategia pedagógica parte de una pregunta simple: ¿por qué lees un libro como Los pilares de la tierra, con más de 1000 páginas? Cuando descubres su historia no puedes dejarlo, te llega al corazón. Para promover esta vinculación desde el aula se podría acompañar el inicio de cada lectura con interpretaciones narrativas, con música relacionada con los libros o con investigaciones acerca de las realidades que los inspiran. Se trata de despertar entre el alumnado emociones positivas que enganchen al relato.

Parece evidente que la educación emocional debería ser una prioridad curricular. Sin embargo, la legislación educativa continúa lastrada por una tradición racionalista. Los sentimientos y las emociones no son cosa suya. Por suerte, muchos docentes compensan esta carencia en el aula, demostrando lo que ya sabía el vidente del cuento: que la inteligencia emocional es tan importante (o más) que las matemáticas o la lengua; y que estas materias se comprenden mejor si se aprenden con emoción.

“Estamos impidiendo que los niños y jóvenes tengan un desarrollo óptimo cuando les privamos del aprendizaje social y emocional”

René Diekstra

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Contribución a la felicidad del alumnado

Epicteto fue hijo de esclavos. Su primer dueño le propinaba terribles palizas, que le dejaron secuelas de por vida. Con el segundo propietario tuvo más suerte, era persona ilustrada y permitió que asistiera a clases callejeras de filosofía. Poco a poco fue desarrollando un pensamiento propio que le ayudó a encontrar la felicidad, a pesar de ser pobre, no tener familia, estar privado de libertad y sufrir una cojera permanente. Su ejemplo de vida y sus ideas gozaron de tanta influencia que el mismísimo Adriano, emperador de Roma, hizo un largo viaje para escuchar al ya anciano maestro.

Poco o nada tiene que ver la vida actual con la de aquel hombre. A pesar de ello, cada vez más alumnos se reconocen infelices. El psicólogo Rafael Santandreu sostiene que la causa está en el diálogo interior de cada persona, en esa vocecilla que nos martiriza por no haber satisfecho determinadas pretensiones materiales o emocionales, y que “terribiliza” esta situación y otros acontecimientos que nos afectan, aunque no dependan de nosotros.

Aprender a ser feliz implica tomar las riendas de ese diálogo interior, y en la escuela hay oportunidades de enseñar a hacerlo. Entre las muchas situaciones potencialmente aprovechables se encuentran las derivadas del peculiar sentido de la justicia que desarrollan algunos niños, y que aplican a todo tipo de situaciones. Es frecuente oírles manifestar con frustración: “¡Es injusto!”. Lo dicen convencidos, aunque se trate de algo objetivamente justo. La respuesta que daría Epicteto es:

“Sí, puede que no sea justo, en el mundo hay muchas cosas que no lo son, pero si no podemos hacer nada para cambiarlas, tenemos que aprender a vivir con ellas”.

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Nosferatu

La aportación pedagógica de Epicteto es la resiliencia, una herramienta de autocontrol mental. Como esclavo podía ser sometido, humillado, torturado… no tenía poder sobre nada de lo que acontecía a su alrededor. Sin embargo era el rey de su mundo interior. Si él no lo permitía, nada podía penetrar en sus pensamientos y convicciones. El ejemplo de este filósofo demuestra que la búsqueda de la felicidad debe dirigirse al interior de la persona y que se puede aprender a ser feliz, a pesar de las adversidades.