Permítanme pensar en voz alta. Siempre he sido partidario de los proyectos de aprendizaje, en el aprendizaje y para el aprendizaje. Pero las más pequeñas dudas me producen alguna incomodidad que tengo necesidad de despejar.

La verdad es que los ordenadores e Internet han hecho posible el trabajo por proyectos. Antes era una pesadilla. Con 25 alumnos (con suerte) y dos enciclopedias, diccionarios y cuatro o cinco libros sobre un tema (con suerte), ¿qué podías hacer? En fin, proyectos técnicos con materiales caseros y sin mucha exigencia de información. Es cierto, la información. Supongo que de ahí viene el sesgo informacional que toman la mayoría de predicaciones educativas actuales.

Hace muchos años (veinte o más) se me ocurrió que para estudiar los egipcios en quinto de primaria no estaría mal meternos en la fabricación de una mastaba (o similar, ya que una pirámide sería más difícil) visitable. Había que crear un espacio cuadrangular decorado con pinturas por dentro e imitación de adobes por fuera. Meter un sarcófago y toda clase de objetos para la vida ultraterrena. Trabajamos básicamente con listones de madera y rollos enormes de papel de envolver blanco; montones de pintura, plastilina y jabón para tallar, así como papel higiénico (la momia, ya saben). Evidentemente hacían falta modelos (láminas), algo de teoría y mucha dirección. Un proyecto presupone que toda la clase tenga algo de iniciativa y no suele ser el caso. Cuanta más iniciativa tenga que suplir o desvelar el maestro más difícil se vuelve controlar el proyecto. Yo trabajé mucho, la mayoría, bastante, algunos, casi nada. ¿Aprendieron sobre los egipcios? Al menos adquirieron alguna visión iconográfica. Paralelamente leíamos unos apuntes que yo redactaba y sobre los que les examiné, con ellos en la mano y con preguntas complejas. Al acabar la clase se abría la mastaba y un guía rotatorio entre un grupo de voluntarios recibía al público (se llegaron a formar colas considerables) formado por madres y alumnos de otros cursos. Parece que la experiencia de entrar en un espacio oscuro con momia y pinturas arcanas fascinaba a muchos. Se pagaba 25 pesetas por la entrada que incrementaban la bolsa para el viaje de final de curso, tal era la fascinación. Hasta había los que temblaban lúdicamente de miedo antes de entrar con el guía que iba armado con una linterna.

¿Aprendieron sobre los egipcios? Poco y según quién. En cierto modo aprendieron artesanía, pintura (era un placer conseguir los colores adecuados mezclando), museografía… o al menos vieron que eso existía. No es fácil articular los grupos para que funcionen y se ayuden. Antes improvisábamos mucho. Ahora está más claro, vean si no las magníficas infografías en “AULAS INTERACTIVAS: una estación hacia el aprendizaje auténtico

¿Lo repetiría? Francamente, no. Y ahí está el quid de la reflexión. El proyecto ha de estar integrado en un todo, ha de ser parte de una lógica y ha de ser una pieza de la educación global, no una manera de hacer agradable un tema.

Creo que educar por proyectos implica preguntarse “¿el proyecto de quién?”. En la escuela tradicional el proyecto era el del ministro. Fíjense que mi maestro (allá por los primeros sesenta), muy de vez en cuando, explicaba sus cosillas, pero en lo esencial se atenía al libro (“el libro”)

Con la Transición, algunos maestros de primaria se sintieron con ganas y con fuerzas de apoderarse del proyecto y hacérselo suyo. Pero no siempre conseguían que los alumnos lo respaldaran. Algunos comprobaron con dolor que una educación supuestamente activa no es tan fácil y que implicar a los aprendientes tampoco es moco de pavo. En parvulario y primaria donde las cosas, pretendidamente, son más fáciles, descubrieron los “rincones” y los “centros de interés” (siguiendo historias pedagógicas lejanas) pequeños espacios o tiempos donde se descubrían cosas concretas. Pero si era posible exportarlos a primaria, a secundaria pocos se lo planteaban. Ahí estaba el ministerio y la universidad controlando férreamente “el proyecto”.

Y es que en época de mercados (ya veremos qué épocas le seguirán si es que viene alguna) el proyecto educativo acaba siendo proyecto de estado. Se trata de que el país pueda tener los funcionarios y la empresa los expertos que la competencia internacional requiere. En el fondo el proyecto es ése aún, si no, véase EL PAÍS de 18 de febrero, artículo de opinión de Javier Santiso. No lo critico, ése es el paradigma humano que tenemos ahora mismo. Me recuerda a mis años de colegio, cuando el profesor nos ponía en fila y nos preguntaba la lección. Si el primero no sabía responder preguntaba al segundo y si éste lo hacía bien, el maestro decía “pase”, lo cual convertía al segundo en primero de la clase. Lo mismo pero con países.

Y ahora, con las competencias, resurgen los proyectos… participativos. No quiero ironizar, sólo plantear los peligros que me vienen a la mente. Pero no es sólo por el auge de “las competencias”, sinó porque internet lo hace posible. A veces no nos planteamos cosas porque son difíciles y otras nos las planteamos simplemente porque parecen posibles aún sin saber lo idóneas que son. Es obvio que un proyecto de aprendizaje cercano asumido por un alumno será más eficaz que uno lejano salido de un BOE.

El proyecto de educar ha de ser, creo, un proyecto compartido. El mundo es el que es y el alumno debe conocerlo TODO. Es lo que llamo “visión del mundo“. Los alumnos no pueden “ver” cualquier película, ni sólo una parte de ella. Han de ir viéndola toda al tiempo que actúan en ella (y permítanme continuar con la alegoría). Es decir, han de asumir los proyectos que sean como suyos y desarrollarlos empezando a crear mundo, pero han de aceptar el mundo al que han venido en su totalidad. Y el mediador es el maestro.

Ni el ministro ni los profesores hacen en realidad el currículo. Creo que en una sociedad madura, con familias educadas, toda la sociedad debería decidir cómo quiere encarar el futuro y construir el currículo de sus hijos. ¿Una red de consejos escolares? ¿Una pirámide? La práctica le dará forma. Pero si los alumnos han de asumirlo, de alguna manera deberán poderle dar su forma final. Lo que me preocupa es que la inercia no convierta el continuo de proyectos curriculares (interdisciplinares o no) en una parcialidad muy bien hecha, pero parcial y en la que al final sigan quedando lagunas de formación importantes. Que es lo que creo que pasaba con el ejemplo que les he puesto antes. Uno o dos meses para entender que hubo una civilización egipcia es quizá excesivo.

Yo querría advertir  sobre peligros y problemas que se me ocurren:

  • Si todo el diseño del proyecto es del profesor tal vez los alumnos no se impliquen.
  • Si los alumnos deciden demasiado tal vez no se produzca mucho aprendizaje real.
  • Un proyecto puede ser un “enano” en medio de una clase de siempre, pero eso no es Aprendizaje por Proyectos (AOP creo que le llaman).
  • Diseñar un aprendizaje por proyectos requiere trabajo en equipo o se condena a no ser interdisciplinar.
  • Diseñar un aprendizaje por proyectos global requiere a todo el claustro. No hay proyectos en serio sin proyecto de centro.
  • La dificultad es notable y requiere ciertas simplificaciones y muchas comprobaciones.
  • Puede generar alumnos muy espabilados pero con muchas lagunas culturales.
  • Puede generar más conflictos entre el profesorado que la asignatura-castillo.
  • La dificultad de gestionar los tiempos no es menor. Siempre habrá grupos a los que les falte tiempo y otros a los que les sobre.
  • Diseñar un currículo que pueda considerarse completo y en el que se “vea” toda la “película” del mundo en, pongamos, 12 proyectos (cuatro cursos de ESO a proyecto por trimestre, pongamos), no es un reto baladí.

Y me atrevo a ofrecer algunas opiniones y pautas:

  • Sólo se mostrará la bondad del aprendizaje por proyectos cuando se demuestre una alternativa completa y más eficiente en dura competencia con la enseñanza tradicional. Si es el futuro, los “tradicionales” lo verán y se pasarán a él porque lo entenderán posible. Se convertirá en modelo con sus materiales estándar.
  • El libro de texto se revelará inadecuado e internet insuficiente. Creo que la desamortización editorial permitirá llenar las aulas de material adecuado y social (libros, láminas, instrumentos, artilugios…) además del imprescindible ordenador o tableta.
  • Un acuerdo de investigación y de docencia en las escuelas de profesorado será imprescindible.
  • Las prácticas de enseñantes en escuelas e institutos deberían basarse también en proyectos de investigación concretos para problemas didácticos concretos surgidos en esas escuelas e institutos concretos.