El rollo de la ambición es una auténtica chorrada. Solo se puede aspirar verdaderamente a algo si se conoce y se comprende”

Jones, Owen “Chavs: la demonización de la clase obrera.” p. 213
Capitan Swing, 2011

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Lo que distingue una escuela pública de una empresa de servicios es el consejo escolar. Los padres no son simples clientes. Las reuniones no son asistencia al cliente. Se forma parte.

AHORA

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Mi experiencia no es mucha, pocos meses formé parte del consejo escolar. Sobre todo, vi desde fuera. Las principales preocupaciones eran económicas: las becas de comedor, los presupuestos, los libros de texto, las excursiones y viajes de final de curso. O lúdicas y formativas: las fiestas y celebraciones, las actividades extraescolares. Las celebraciones parece que se complican o enriquecen ahora con la apertura de nuestra sociedad al mundo, toda riqueza contiene preocupaciones y viceversa. Las “extraescolares” tienen aspectos lúdicos, culturales pero también económicos y sociales, financiación, horarios laborales, necesidades de los hijos pero también de los padres…

Pero la educación, lo que seria la auténtica ósmosis entre la sociedad adulta y la juvenil, el río que fluiría del ayer al mañana a través de un compromiso  trabajo en equipo de sus tres patas: profesores-familias-ayuntamiento (administración), creo que o flaquea o es cosa sólo de consejos escolares heroicos y clarividentes, que los hay. No tengo notícia de muchos consejos en que se hable del currículo. Donde la mayoría de los padres ayuden (sin interferir) a construir lo que se enseña y los maestros no se sientan perseguidos por los padres por problemas menores. Donde la cultura, la humana y toda, sea un asunto de interés común y libre de narcisistas y sabidillos.

Distamos de constituir una sociedad coherente y cohesionada. No es lógico que formar niños y jóvenes para que nos sustituyan y nos mejoren suponga tantos conflictos de intereses, como si padres e hijos fueran sociedades diferentes que rozan entre sí más que fluyen. Chocan los horarios, chocan los gastos, chocan los intereses.

Los horarios chocan porque la empresa económica humana es autónoma de la sociedad, guerrea en muchos campos distintos de los de la vida social. La economía no es la técnica de llevar una casa común, sinó un arma de enriquecimiento o supervivencia (hay niveles) y en la guerra no hay horarios, el enemigo (físico o jurídico) puede atacar en cualquier momento.

Los gastos chocan porque lo que podría destinarse ahora a una vida mejor, debe comprometerse en gastos escolares que mucha gente no ve relacionados con un buen porvenir. Y lo peor es que a menudo, no lo están. O no se pasan las oposiciones en que consiste obtener títulos o incluso licenciarse (si es que eso aún existe) tampoco procura buenos trabajos.

Los intereses chocan porque lo que los currículos prescriben con parsimoniosa regularidad es una cultura estancada que pocos ven como un bagaje útil. Las famílias que entienden toda la sociedad y participan, saben y pueden compensar sus límites y lagunas. Las que no ven pero creen y no participan o participan poco, sobrevivirán gracias a la sociedad y no a la cultura escolar. Y la economía les usará (recursos humanos). Las que ni ven ni creen ni saben, apenas se sienten contenidas por la sociedad: “Estamos, ¿no?, ¿qué más quieren?” ¿Nos extrañará que intenten acaparar becas y ayudas para sobrevivir en un mundo que ni su origen ni su entorno les explica?

Yo creo que el 12 % de participación en los consejos a que aludía en el post anterior refleja esa falta de coherencia y cohesión. Leyendo el libro Chavs de Owen Jones me entero de que no estamos solos. Es un consuelo… de tontos.

La falta de interés por la cultura en las reuniones de los consejos la atribuyo yo a que ese producto (de todo hacemos un producto…, comercial, se entiende) está contenido en libros cerrados como los manuales de pócimas y encantamientos de Hogwarts (Harry Potter) que sólo los especialistas saben interpretar. Al menos ésos tenían utilidad práctica (y mágica) inmediata. Aunque ya veo venir a los que defenderán “la utilidad de lo inútil” a los que no puedo más que unirme. Ciertamente la cultura escolar que tenemos contiene muchas inutilidades, pero me parece que demasiadas de ellas son inutilidades redundantemente inútiles, pues no excitan la imaginación, que es la gran utilidad de lo inútil.

Hasta los padres que no entienden, no saben ni participan tienen una ventana abierta a la imaginación. Sólo hay que abrirla. Viviendo en determinados barrios ya puedes abrir la ventana que siempre se ve lo mismo. Y para lo que hay que ver…

ALGÚN DÍA

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Por suerte viene a salvarnos el  7º de Bibliotecas de Caballería Escolar. Montemos a los alumnos a los profesores y a los padres en ese caballo y llevémosles a ver mundo. No hay ventanas, hay vértigo, como en una montaña rusa. Las bibliotecas de aula no son un patrimonio cerrado, barracones prefabricados de cultura. Son colecciones de productos hechos con una lógica y una finalidad: explicar el mundo a todo el mundo. Y dan mucho juego para la participación. Pero nadie negará el protagonismo al profesor. Cabalgará delante, como John Wayne, pero le seguirá una tropa de alumnos y padres que podrán formar pelotones autónomos de exploración. Hablando en plata:

Imaginen a los profesores, en la reunión de consejo, explicando los libros que se van a comprar para las bibliotecas, para reforzar el trabajo del año siguiente. Y a los padres preguntando, discutiendo y sugiriendo. “¿Han visto en el periódico que los perros ya existían hace 30 mil años? Almuzara va a sacar un librito escolar sobre eso”, dice uno. “Precisamente estudiábamos investigar sobre la domesticación…”, contesta un profesor. “La madre de Fulano trabaja lavando y peinando mascotas y le encantaría venir a hablar de sus reacciones…” sugiere una madre…

Imaginen la reunión del Consejo de Estudios, dirigido por el Jefe de Estudios, un profesor de cada ciclo y el representante de educación del ayuntamiento. Con asistentes invitados con voz y sin voto. Está un amo de la imprenta, los de la fotografía, la señora D que es profesora de diseño en Artes y Oficios, los del instituto, el encargado de la fábrica de tintes, y algún editor…, ah, y dos inspectores. Se habla del currículo del año y de las bibliotecas y materiales. Se visitan, se hojea, se hacen sugerencias, se toma un café, se propone, se ofrecen visitas y conferencias, uno explica una anécdota y otro un chiste. Vuelven a la sala de reunión y concretan mejoras y adquisiciones.

Imaginen algunos padres o madres haciendo de bibliotecarios fuera de horas para aprovechar las bibliotecas de todas las clases abiertas al barrio. Un grupo de esos padres y madres forman un servicio de orden necesario aún en el mundo en que estamos. Los libros que ahora se adquieren para trabajar el currículo, son originales, amenos, científicos, actuales y hacen del conocimiento un placer. Muchos padres que estudiaron con libro de texto gozan descubriendo lo variopintas y frescas que son las cosas en el mundo real y en la escuela de ahora. Hasta los profesores pueden aprender y mantenerse al día de una manera fácil y grata. Los de letras se ponen al día con las ciencias y viceversa. El profesor que no tiene tiempo de actualizarse con revistas especializadas o monografías sesudas, ve las novedades sin esfuerzo porque el investigador también escribe para jóvenes o asesora a los que escriben.

Imaginen que los centros muestran sus currículos propios para que sean criticados, elogiados o mejorados por la sociedad a través de revistas especializadas en currículos, tal vez publicadas por consejos escolares estatales o autonómicos, de manera que los currículos compitan por mejorarse unos a otros y sean producto auténtico de la sociedad. O en congresos, ¿a dónde vamos? ¿qué queremos ser? ¿cómo queremos ser?

¿Incorporaría eso a gente que ahora no se siente concernida por la educación… más que de palabra? Habría que darle tiempo. Al menos podría favorecer la participación y la personalización. De todos modos la Educación es algo que hace “la Sociedad”. Y si esta no existe, entonces resignémonos a ser clientes de un servicio.

Yo, por mi parte, creo en “la Sociedad”. Creo que es lo más difícil y complejo que tenemos (a su lado, una estación espacial o un LHC son sencillos como una cajita de música). Pero no vinimos a este mundo para conformarnos con lo fácil. Cuando muera, si voy al cielo, lo primero que haré será buscar a la señora Thatcher (si es que está allí) para convencerla de su error.