“La creatividad no es un don, es una actitud que busca transformar la realidad”.

Luis Bassat

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Este texto continúa analizando rasgos que contribuyen a que la escuela desarrolle esa actitud tan necesaria para crear un nuevo mundo, en el que las soluciones del ayer dejen de ser la respuesta a los problemas del mañana.

LA ESCUELA CREATIVA SE NUTRE DE SU CONTEXTO

Los procesos creativos parten del conocimiento del contexto en el que se aplicarán las ideas. Definir correctamente las situaciones o problemas que desencadenan la intervención es fundamental para llegar a propuestas funcionales. La idea del fundador de la empresa Design that Matters corrobora esta premisa.

Timothy Prestero se propuso contribuir a la reducción del índice de mortalidad de neonatos en África. Design that Matters comprobó que una pequeña avería era suficiente para acabar con la vida útil de las sofisticadas incubadoras que llegaban como ayuda humanitaria al continente. La causa era la inexistencia de técnicos especializados en su reparación y de repuestos. En cambio, lo que sí había por todas partes era camionetas Toyota 4 Runner. Los africanos tenían el conocimiento y los recursos necesarios para mantener esta flota de vehículos en funcionamiento. Considerando esta circunstancia tan peculiar del entorno, la idea fue diseñar una incubadora con componentes de automóvil, la NeoNurture.

Este ingeniero conocía África del mismo modo que la escuela creativa debe conocer su contexto. Solo así un acto creativo puede aportar soluciones factibles a problemas reales. Una escuela que pretende desarrollar la creatividad y, al tiempo, obvia su contexto puede caer en el absurdo. Es algo parecido a enviar incubadoras sin recambios ni formación técnica a países en vías de desarrollo.

LA ESCUELA CREATIVA APROVECHA LA CURIOSIDAD

Una de las diferencias fundamentales entre el Homo sapiens y todos los protohumanos anteriores radica en la colonización del planeta. Las especies previas de homínidos dejaron África hace dos millones de años, y durante todo el tiempo que existieron jamás llegaron a América u Oceanía. Mientras que los humanos modernos salieron de África hace cincuenta mil años y colonizaron cada pequeña porción de tierra libre, alcanzando lugares tan recónditos como la Isla de Pascua. ¿Cuántas personas tuvieron que embarcarse y desaparecer en el océano Pacífico antes de encontrar este trozo perdido de tierra? Hoy seguimos buscando nuevos conocimientos científicos, nuevos mundos más allá del sistema solar… ¿Qué nos mueve?

Posiblemente ese propulsor interno sea la curiosidad, que empuja a la especie humana de forma inexorablemente hacia lo desconocido. Con cada descubrimiento se generan problemas nunca antes resueltos, y la actitud creativa se vuelve imprescindible en la búsqueda de soluciones.

A pesar de que curiosidad y creatividad forman parte del mismo proceso natural, no es extraño recurrir en el aula a problemas artificiales para desarrollar la creatividad. ¿Por qué no aprovechar la potencia de la curiosidad? Este motor nos ha impulsado a ser lo que somos. Los neandertales, que vivieron tres veces más de lo que nosotros hemos existido, jamás cruzaban las aguas si no veían tierra al otro lado. La escuela creativa se adentra en el océano y navega con incertidumbre… por eso su aprendizaje es tan valioso y tan necesario.

LA ESCUELA CREATIVA CUIDA LA MOTIVACIÓN

Si la curiosidad es un motor para la escuela creativa, la motivación es su gasolina. Un estado de motivación implica dirigir la acción hacia la consecución de una meta. Sin duda, la motivación tiene mucho de intrínseco, pero la escuela creativa sabe articular las estrategias necesarias para cuidar la motivación. Veamos un ejemplo.

Una maestra de primer curso quería que sus alumnos descubrieran y asimilaran algo tan necesario, y a la vez abstracto, como la empatía. Sabía que si planteaba el concepto no iba a tener buena acogida, no es algo interesante para un niño de seis años. Así que se le ocurrió vincularlo a la mascota de clase y lo introdujo a través de una pregunta: “¿Cómo crees que sería tu vida si fueras una tortuga?” Con esto consiguió despertar el deseo de aprender. Además, evitó que muchos alumnos se enfrentaran directamente a la complejidad que encierra el concepto de empatía. Logró que vieran el aprendizaje como algo factible. Al día siguiente, la clase estaba plagada de información sobre la tortuga (libros, vídeos, enlaces, láminas…). Es decir, puso al alcance del alumnado los elementos facilitadores para dar respuesta a la pregunta.

Como apunta el profesor Miguel A. Santos, “una cosa es saber, otra saber enseñar, y otra muy diferente ser capaz de despertar el deseo de aprender”. La escuela creativa convierte al aprendizaje en un viaje que nadie quiere perderse.

LA ESCUELA CREATIVA PROMUEVE LA EXPERIMENTACIÓN

La misión del departamento creativo de cualquier empresa es generar buenas ideas. Allí no se “fabrica” el producto, de eso se encargan los técnicos. En cambio, la escuela creativa sí “fabrica”. El alumnado empieza el proceso creativo con la imaginación y lo concluye con la experimentación. No llegar a esta fase y conformarse con la idea en abstracto implica no culminar la creación.

Esta forma de trabajar desarrolla una verdadera actitud creativa. Lo constata las memorias del que fuera profesor de anatomía de Paul Ehrlich, uno de los científicos más brillantes del siglo XX. Cuenta que aquel joven trabajaba durante horas con el microscopio. En su mesa proliferaban muestras de todo tipo de colores y texturas. Una tarde en la que ya no quedaba nadie en el laboratorio, el profesor le preguntó qué era aquello que lo tenía tan absorto. Ehrlich contestó: “Solo estoy probando”. Cuando terminó sus estudios siguió probando. De esas pruebas surgió la técnica que dio lugar al conocimiento de la morfología de los glóbulos rojos y blancos de la sangre, usada a diario en millones de analíticas.

Cuando estás creando, el “experimento” trae consigo lecciones de las que no se olvidan. “Cada una de las 200 bombillas que no funcionaron me enseñó algo que probé en el siguiente intento”, afirmó Edison.

LA ESCUELA CREATIVA NECESITA INSPIRACIÓN DOCENTE

El tapir es uno de esos animales en los que a nadie le gustaría reencarnarse. Con un peso que ronda los 200 kilos y sin ninguna defensa anatómica (cuernos, dientes, garras…), comparte su hábitat con tigres y jaguares. Para evitar ser el protagonista de un festín felino, el animalito establece y memoriza un recorrido plagado de estrecheces por las que solo cabe su cuerpo. Cuando es atacado, aprovecha su fuerza para correr con el depredador encaramado al lomo. Corre por su particular autopista selvática de recovecos hasta que el incomodo compañero de viaje es golpeado con una piedra o rama, que le obliga a soltarse aturdido.

A veces la escuela actúa como el tapir, aferrándose a un modelo educativo que funciona (o funcionó) y que evita problemas con ciertos depredadores, que también los hay en la jungla de pupitres. Estos “caminos seguros” cumplen la misma función que en la naturaleza, podrías sobrevivir en ellos durante toda una carrera docente. Sin embargo, el peaje es alto: deberás renunciar al desarrollo de la actitud creativa entre tu alumnado.

La escuela creativa necesita de la inspiración docente para ponerla en marcha y evitar su oxidación.
No es fácil. Requiere una permanente búsqueda y una actitud abierta a experimentar en el aula. Tampoco es un camino seguro. Conlleva la asunción de ciertos riesgos inherentes a la acción de abrir senderos inexplorados. A cambio promete fascinantes experiencias en clase y formar parte del cambio educativo que hará posible un mundo mejor, una aventura que no acaba… a menos que te conviertas en tapir.

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