«El acontecimiento es siempre una situación que se presenta,

una situación presente y, por consiguiente, una situación que

“se nos regala”.»

(José María Toro, 2005, p.42)

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¿Aprovechamos las situaciones inesperadas, imprevisibles y reales que suceden en el aula para educar?, ¿huimos de las de las situaciones prefabricadas y utilizamos los momentos espontáneos para enseñar?, ¿somos capaces de educar mediante la pedagogía del acontecimiento? (Toro, 2005).

En este post quiero centrarme en los “momentos mágicos” que nos regala la docencia. Me explico, a veces en el aula, más allá de las situaciones de aprendizajes curriculares, se dan momentos especiales sobre los que vale la pena reflexionar junto al alumnado. Son acontecimientos que al ser vividos aportan y contagian emociones, actitudes y valores clave para el desarrollo integral del alumnado.

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Acontecimiento 1

“Profe, ¿sabes qué?… ayer en la excursión me caí al suelo y J. de 1ºC me ayudó a levantarme”

(Alumno de 1º de ESO)

El acontecimiento 1 sucedió el otro día una vez terminada la clase de Educación Física, cuando todo el alumnado se había marchado, vino J. y me contó lo sucedido el día anterior en la excursión. Cuando acabó, le pregunté: “¿cómo te sentiste cuando te ayudó a levantarte?, ¿te ha sorprendido la reacción de tu compañero?, ¿cómo crees qué se sintió él?”… estuvimos conversando sobre ello durante unos instantes. Al siguiente día que tuve clase con los grupos a los que pertenecen ambos alumnos, me apeteció empezar la sesión contando al alumnado lo sucedido sin citar a los protagonistas. La situación inesperada nos permitió reflexionar sobre la importancia de ayudar a los demás, de cómo nos sentimos ayudando y cómo hacemos sentir a las personas que ayudamos.

Acontecimiento 2

“M. me ha enseñado a no preocuparme y a no enfadarme tanto cuando me hacen algún comentario que no me gusta”

(Alumna de 1º de ESO)

El otro día viví en clase un momento especial, mágico. Uno de aquellos instantes en que sientes la grandeza de ser docente, de poder trabajar en la educación y en el que te das cuenta de que lo que haces en clase, a veces, llega.

Llevo un tiempo leyendo y releyendo una y otra vez a Juan José Vergara (2015) en su apasionante libro Aprendo porque quiero. Una de las cosas que he descubierto gracias al autor ha sido el poder de la evaluación como reflexión así como distintas herramientas para evaluar lo que el alumnado está viviendo y aprendiendo. Una de las herramientas que sugiere Vergara (2015) consiste en escribir una carta al compañero que más te ha facilitado tu aprendizaje y explicarle en que ha sido valioso para ti (2015, p. 179). Entusiasmada con la herramienta, he querido adaptarla y traspasarla a mi alumnado. El resultado… lo relato a continuación.

Estaba en clase de Educación Física con el alumnado de 1r de la ESO y se acercaba el final de la sesión. Como suelo hacer, reuní al alumnado en círculo a fin de reflexionar sobre el trabajo realizado, y en vez de preguntarles cómo ha funcionado el juego, qué habéis aprendido, qué tal ha salido, cómo os habéis sentido… les lancé una nueva pregunta, una pregunta que nunca antes les había realizado:

“De lo que llevamos de curso, ¿algún compañer@ os ha enseñado alguna cosa? ¿Qué es lo que habéis aprendido con él/ella?…”

Se hizo el silencio. De repente una niña alzó su mano y dijo: “Con I. he aprendido a respetar a los demás”. A continuación, se levantaron otras dos manos: “D. me ha demostrado que le importo, me ha invitado a su fiesta de cumpleaños y nadie antes me había invitado nunca a una fiesta”. “A. me ha demostrado la importancia de esforzarse y de ser constante en cada clase.”

Al oír sus comentarios, una sensación de felicidad impregnó todo mi cuerpo. No obstante, aún fue más mágico observar la cara de asombro, felicidad y satisfacción de los compañer@s que eran nombrados por los demás como personas de las cuales habían aprendido algo. El alumnado, cuando fue nombrado por sus compañer@s empezó a sonreír tímidamente, a mirarse entre sí, a sorprenderse. El alumnado se sintió útil y reconocido por haber favorecido al aprendizaje de sus compañer@s. De hecho, cuando el grupo ya marchaba vino un alumno y me dijo: “Profe, nunca me había dado cuenta de que yo podía enseñar a los demás”.

El poder de la evaluación como

reflexión

Acontecimiento 3

“Profe, me siento feliz porque sé que mi padre me quiere, siempre que puede está a mi lado. Es cocinero y trabaja muchas horas, hasta muy tarde, pero siempre que puede, pasa tiempo conmigo, aunque esté cansado. Siempre me demuestra que le importo. Yo también le quiero”.

(Alumna de 2º de ESO)

Me comentaba una alumna de 2º de la ESO mientras subíamos hacia la pista polideportiva donde hacemos clase de Educación Física. Tras escuchar con mucha atención las palabras de la alumna, la cual sabe transmitir sus emociones y estado de ánimo con facilidad y ha demostrado en muchas ocasiones su empatía hacia los demás, le dije: “Me alegro mucho, qué bonito esto que expresas y sientes por tu padre. Qué suerte tenéis de quereros tanto. Ya se lo puedes decir al llegar a casa.” Una vez llegamos a la pista polideportiva y después de haber escuchado las palabras de la alumna no pude reprimirme y aproveché la situación para reflexionar junto al grupo clase. Y de este modo les lancé las siguientes preguntas: “¿Alguna vez habéis sentido que importáis a otra persona?, ¿le habéis dado las gracias por haberos hecho sentido así?, ¿cómo ha reaccionado la otra persona cuando se lo habéis dicho?, ¿habéis demostrado a otra persona que le importáis?, ¿cómo lo habéis demostrado?, ¿cómo pensáis que se ha sentido la otra persona?”… Interesante debate el que se produjo en clase, lleno de emotividad, valores, reflexiones y sentimientos compartidos por el alumnado.

Profe, nunca me había dado cuenta de que

yo podía enseñar a los demás

Muchas veces, los docentes somos esclavos de la prisa, de acabar la unidad didáctica, del tiempo, de conseguir los objetivos preestablecidos y, quizás, no damos tiempo y espacio suficiente para que lo inesperado entre en el aula, se quede, se apodere de nosotros y nos invite a reflexionar y seguir aprendiendo.

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Leyendo a Toro (2005, pp. 56-61), observo algunas formas para acoger lo inesperado en el aula como por ejemplo:

Iniciar las clases saludándonos con el alumnado, observar sus caras, expresiones, escuchar sus conversaciones y contemplar las agrupaciones libres que se generan.

Empezar la clase sentados en círculo conversando sobre y entre nosotros.

Aprovechar los inicios de la semana para explicar y compartir con los demás aquellas situaciones vividas durante el fin de semana para ir creando un clima de confianza, amistad y conocimiento de los demás. Toro (2005) señala que el vinculo afectivo de un grupo NO se crea juntando al alumnado en un mismo espacio, sino que hay que generar escenarios y situaciones que permitan afianzarlo y consolidarlo.

Dar tiempo y espacio para que el alumnado converse sobre sus propias vivencias y no solo sobre las materias curriculares, de este modo se profundiza más sobre su conocimiento personal.

Ir más allá del mero encuentro con la asignatura académica y aprovechar cada sesión para que el alumnado se relacione y aprenda a conocerse a si mismo y a los demás.

Aceptar que lo inesperado entre en el aula supone un cambio en “las formas de hacer” docente. Acojamos en clase lo espontáneo para respirar, “parar”, dar tiempo, escuchar, dialogar, concienciar y desarrollar las habilidades y competencias que permitan al alumnado formarse como un buen ser humano. No olvidemos que: “la experiencia escolar ha de ser, sobre todo, una experiencia de encuentro personal, una experiencia humana de relación y comunicación” (Toro, 2005, p.61).

Seguiremos aprendiendo...


Referencias

Toro, J. Mª (2005): Educar con “co-razón”. Editorial Desclée.

Vergara, J. (2015): Aprendo porque quiero. Editorial SM.